El futbol está de moda en el Perú y la noticia de ahora
es la clasificación peruana al Mundial Rusia 2018.
Hubiera querido analizar la ley que regula el consumo terapéutico,
la investigación, la importación y la comercialización del cannabis
(marihuana), promulgada por el Presidente de la República recientemente.
Hubiera querido escribir sobre el proyecto de ley aprobado por el Congreso que
elimina el requisito del “arraigo” para las candidaturas municipales y
regionales. Hubiera querido opinar sobre la polémica modificación legal a la
reglamentación (¡insólito jurídico!) de la “Ley de Alimentación Saludable” de
2013. Sin embargo, la coyuntura amerita algunas palabras sobre el futbol.
Confieso no haber visto por televisión ni oído por
radio los dos partidos jugados contra Nueva Zelanda ni ningún otro partido de
la eliminatoria. No he comprado una camiseta de la selección de futbol, que se
han vendido por doquier. Tampoco he alentado la anotación de goles arengando “¡Vamos
Perú!” o “¡Arriba Perú!”. Simplemente, el futbol como deporte no me emociona.
Mi peruanidad no está en función de
once hombres tras una pelota que desean meterla por el arco rival. Por
supuesto, reconozco la trascendencia histórica del suceso: Perú ha clasificado
a la copa mundial de futbol tras 36 años de incapacidad. España 1982 fue el
último mundial al cual asistimos (¡vergüenza deportiva!, por cierto) y, desde
entonces, un sueño de la gran mayoría de peruanos -también peruanas- era volver
a clasificar, como en 1981.
La noche del 15 de noviembre, día del partido final, y
al día siguiente presencié rostros felices por la clasificación. Vi por TV la
alegría y la felicidad de la hinchada dentro y fuera del Estadio Nacional en
Lima, donde se jugó el partido. Además, las celebraciones callejeras esa noche en
Lima y otras ciudades tras el partido: gente saltando, gritando, bailando.
Hombres y mujeres. Niños, jóvenes y adultos. Parejas besándose, familia o
amigos abrazándose. Automovilistas sonando eufóricos las bocinas de sus
vehículos. Una fiesta de camisetas, banderas, cornetas, el Himno Nacional,
música vernácular, fuegos artificiales, cerveza o pisco. El país estalló de
júbilo, como no tengo recuerdo.
Aunque me disguste, el futbol en el Perú es una pasión
colectiva. Para un país donde todo parece dividirnos, es un elemento
cohesionador. Al menos, por una noche, se olvidaron las diferencias políticas o
ideológicas. Asimismo, las diferencias de raza o etnia, religión, sexo, grado
académico, nivel socioeconómico, etc. Un sentimiento de unidad nacional, que
-quizá- no dejó indiferente hasta a quienes no gustamos del futbol. En lo
personal, no me dejó indiferente.
Al margen de las consecuencias de este “optimismo patrio”
frente a la política o la economía y a que nada ha cambiado en el futbol
peruano, poco profesional y poco competitivo como siempre (dos años más y
comienzan las eliminatorias para el Mundial Qatar 2022), para este Perú que ha
sufrido mucho, ha enfrentado tanto y se ha levantado varias veces, la algarabía
mundialista es bien merecida.

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