Encuesta de intención de voto para la Alcaldía de Lima
realizada por DATUM Internacional, a menos de un mes de las elecciones
municipales y regionales.
El ex congresista Renzo Reggiardo tiene 19% y sigue liderando
la intención de voto. Le sigue el ex alcalde de Lima, Ricardo Belmont, el
“Hermanón”, con 10.3%. En tercer lugar, el ex ministro del Interior, Daniel
Urresti, con 9%. Más abajo, Luis Castañeda Pardo, el hijo del actual alcalde de
Lima, Luis Castañeda, con 4.5%. Enrique Cornejo, ex ministro de Transportes y
Comunicaciones, con 4.3%. El pastor evangélico, ex integrante de la Comisión de
la Verdad y la Reconciliación y ex congresista Humberto Lay, también con 4.3%.
Los demás están por debajo del 4%. Margen de error: 2.8%.
Nos toca hablar del “Hermanón”. No sobre su
cuestionable lado empresarial relacionado a la televisora RBC y los
“errebecistas” timados sino sobre trayecto político. Aunque usted no crea o le
cueste creer, el hombre notablemente “ignorante” (lo dijo hace poco el escritor
Alfredo Bryce Echenique en una entrevista por TV), quien sólo habla con metáforas
deportivas y nos considera tan “plebeyos” que necesita hablarnos en lenguaje
populachero, fue Alcalde de Lima. En lo personal, me avergüenza.
¿Cómo ocurrió?. Por un fenómeno estudiado durante años
politólogos y sociólogos lo explicaría: la “anti-política”, un monstruo que en
el Perú masticaría nuestro sistema político hasta engullírselo por completo.
Después lo escupiría, pero quiere empezar otra vez. ¿Qué es la “anti-política”?.
Es un relato racionalizador consistente en creer que las sociedades modernas no
requieren de democracia, partidos políticos, instituciones ni imperio de la
ley. Tampoco de doctrinas, idearios, políticas ni programas. Sólo de “gente
buena” haciendo las cosas “bien”.
Este raciocinio simplista fue sembrado en el Perú durante
la década de 1970, pero la “anti-política” disfrazada de
"independientes" comenzó a brotar a finales de la década de 1980
cuando el Perú se “caía a pedazos” por el desastre económico, la violencia
terrorista y la descomposición institucional de entonces. En ese contexto
Belmont, quien sólo era conocido como el conductor de televisión que se la
“jugaba por el Perú” y ofrecía “pastillas para levantar la moral”, brilló.
El “Hermanón” tampoco fue un destello fulminante.
Durante la década de 1980 nueve de cada diez electores votaba por el APRA, el
Partido Popular Cristiano, Acción Popular o la Izquierda Unida y en las
elecciones municipales de 1989 fueron dos de cada tres. En Lima, Belmont ganó
con sólo 47.9% de votos válidos y los “independientes” sólo se hicieron sentir
electoralmente en Arequipa, Ayacucho, Junín, Moquegua, Puno y Tacna. Fue un
momento irrepetible.
Hoy el “Hermanón” pretende ganar con el mismo discurso
arcaico y desgastado. Ya no se presenta como “independiente”, pero sí muestra el
rostro más nauseabundo de la “anti-política” que hayamos visto u oído:
mentiras, demagogia y ¡xenofobia!, que puede entusiasmar a una minoría inculta
y resentida. El Perú cambió, pero Belmont no.

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