Torpes declaraciones radiales y desde el púlpito del
arzobispo de Lima, cardenal Juan Luis Cipriani, sobre las mujeres y la
violencia de género parecen estar avivando las llamas del “anticlericalismo” en
un país de mayoría católica, como no se había visto en el Perú hace más de cien
años. Las voces que exigen un “Estado laico”, también.
No defenderé al cardenal Cipriani, porque él tiene
su “coro” de aduladores y nostálgicos decimonónicos para defenderlo, tanto en
medios de comunicación como las redes sociales Facebook y Twitter. Sin
embargo, defiendo la fe católica-secular que profeso, la Iglesia Católica a la
cual pertenezco y el pensamiento liberal que bebí desde la formación
universitaria.
La Iglesia Católica tiene tres tradicionales labores
fundamentales: predicar la doctrina, realizar obra social y educar en
conocimientos. Al tratarse de una institución humana de inspiración divina, por
desgracia, ha contado con buenos, regulares y malos jerarcas. Hubo religiosos
célebres, como el presbítero Francisco de Paula Gonzáles Vigil (quien siendo
diputado en 1832 acusó de violar la Constitución de 1828 al mariscal Agustín
Gamarra y tres veces sufrió excomunión papal) o monseñor Francisco Xavier de
Luna Pizarro (diputado, senador, presidente del Congreso General Constituyente
en 1822 y, posteriormente, Arzobispo de Lima), etc.
También hubo religiosos brillantes, como monseñor
José Antonio Roca y Boloña, defensor de los fueros eclesiásticos (purgó cárcel
en 1866 por el “pleito de las campanas”), organizador de la Cruz Roja durante
la guerra contra Chile (1879-1883), diputado en 1884 y orador sagrado en los
funerales de José Gálvez en 1866, Manuel Pardo en 1878 y Miguel Grau en 1879.
Su amigo, monseñor Manuel Tovar, estuvo junto a él en el “pleito de las
campanas”, fue diputado en 1884, ministro de Justicia y Culto entre 1885 y
1886. En 1906 enfrentó la ira de la Cámara de Diputados por negar la oración fúnebre
en el entierro de Césareo Chacaltana, ex diputado, ex presidente del Consejo de
Ministros, ex ministro de Relaciones Exteriores y conocido anticlerical.
Por supuesto, también hubo religiosos infames, como
monseñor Emilio Lissón, quien como Arzobispo de Lima se vinculó políticamente
con la dictadura de Augusto B. Leguía (1919-1930) y fuera acusado de
malversación de fondos, aunque nunca se le pudo probar delito alguno. Otros
hicieron el ridículo, como monseñor Gualberto Guevara, el Arzobispo de Lima que
en 1951 excomulgó al músico cubano Dámaso Pérez Prado, creador del mambo, y
amenazó con excomulgar a quien bailase mambo. Hubo quienes no purgaron su
pasado, como Juan Lanzaduri, primer cardenal, quien “bendijo” el golpe de
estado de 1968.
Cipriani carece de la inteligencia del sacerdote
Bartolomé Herrera, diputado, varios veces ministro y difusor del más
ultramontano conservadurismo en el siglo XIX. Sólo es alguien que se equivocó
de época. Por eso aunque crea en un “Estado laico”, no me sumo a la corriente
anticlerical que él, sin verlo, está generando. Quienes sí lo hagan, son libres
de hacerlo.

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