La dictadura de Alberto Fujimori había elegido la
solución militar a la toma y secuestro en la residencia del embajador japonés
por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) en diciembre anterior.
Era abril de 1997 y los preparativos para la operación
militar de rescate ya habían empezado. Primero, el Ejército construyó varios
tunes desde las casas aledañas a la residencia. Después se introdujeron
pequeños micrófonos y cámaras de video dentro de la residencia, escondidos en
libros, botellas de agua, instrumentos musicales o juegos de mesa, sin que los
emerretistas se percataran. Estos artilugios no hubieran podido ser ingresados
sin colaboración de, al menos, un integrante de la comisión negociadora
nombrada por Fujimori, que tenía acceso hasta los emerretistas. Las sospechas
siempre recayeron en el arzobispo de Lima, monseñor Juan Luis Cipriani,
conocido simpatizante de la dictadura, de quien se dijo tenía micrófonos
ocultos en su Biblia y un Crucifijo y sabía de antemano que iba a haber
intervención militar. Que llorase ante los reporteros y las cámaras de
televisión tras la intervención militar no resultaba creíble.
Sin embargo, los militares encargados de diseñar y
planificar la operación ya conocían cómo era la organización de los
emerretistas dentro de la residencia. Sabían que los rehenes habían sido
llevados al segundo piso del inmueble por orden de Néstor Cerpa, líder de los
emerretistas, quien constantemente oía “ruidos sospechosos”. Incluso sabían
cómo eran las rondas de vigilancia por las noches y las horas de relax entre
los terroristas.
Por la tarde del 22 de abril, 140 comandos militares
peruanos iniciaron la “operación Chavín de Huántar”. Fundamentalmente, el
rescate de los rehenes con la menor cantidad de bajas, aprovechando el factor
sorpresa y la superioridad numérica. Entrar a matar a los terroristas no era el
objetivo, pero sí neutralizarlos si pretendían ejecutar rehenes tras el inicio
del rescate. Una operación militar siempre debe valerse de todas las ventajas
posibles. Que los emerretistas estuviesen desprevenidos en ese momento (algunos
jugaban futbol), a pesar de sus sospechas, ayudó bastante. Que estuvieran
mentalmente exhaustos tras cinco meses de encierro y zozobra (igual que los
rehenes) también ayudó.
Ocurrieron varias explosiones en distintos lugares de
la residencia. Primero ingresaron treinta comandos para evitar que los
emerretistas en el primer piso fueran al segundo a ejecutar rehenes. Otros
veinte comandos entraron por la puerta principal y tras ellos, soldados con
escaleras para subir por las paredes posteriores del inmueble. El último grupo
de comandos ingresó por dos túneles desde el jardín trasero y usó las escaleras
para llegar hasta el segundo piso, donde estaban los rehenes, preparar las
salidas para el rescate y “neutralizar” emerretistas. La operación fue exitosa
y excelente. Salvo el vocal supremo Carlos Giusti, todos los rehenes fueron
rescatados vivos. Excepto el teniente coronel Juan Valer y el teniente Raúl
Jiménez (quienes murieron defendiendo a los rehenes), ningún comando perdió la
vida.
Personalmente, un héroe es quien realiza una hazaña
más allá del deber o más de lo que se espera de él, incluso arriesgando la
vida. En el Perú parece haber necesidad por vestir de heroicidad a personas que
no lo fueron, no lo buscaron o ni lo merecían. Sin malicia, discrepo de quienes
llaman “héroes” a los comandos, pero sí considero que fueron hombres valientes
cumpliendo con deberes asignados por la Patria y siempre merecerán nuestro reconocimiento.

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