Noviembre 1992 / noviembre 2020

Memoria Nacional

Artículos COVID-19 (2022)

Artículos COVID-19 (2021)

Artículos COVID-19 (2020)

Artículos anteriores

Interinato 2025-2026

Artículos 2025

Artículos 2024

Artículos 2023

La caída de Pedro Castillo

Artículos 2022

Así nació el Perú (ESPECIAL)

El comunismo en el poder

Artículos 2021

La caída de Martín Vizcarra

Artículos 2020

Artículos 2019

Artículos 2018

Chavín de Huántar - 2° parte ("ESPECIAL")

La dictadura de Alberto Fujimori había elegido la solución militar a la toma y secuestro en la residencia del embajador japonés por el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) en diciembre anterior.

Era abril de 1997 y los preparativos para la operación militar de rescate ya habían empezado. Primero, el Ejército construyó varios tunes desde las casas aledañas a la residencia. Después se introdujeron pequeños micrófonos y cámaras de video dentro de la residencia, escondidos en libros, botellas de agua, instrumentos musicales o juegos de mesa, sin que los emerretistas se percataran. Estos artilugios no hubieran podido ser ingresados sin colaboración de, al menos, un integrante de la comisión negociadora nombrada por Fujimori, que tenía acceso hasta los emerretistas. Las sospechas siempre recayeron en el arzobispo de Lima, monseñor Juan Luis Cipriani, conocido simpatizante de la dictadura, de quien se dijo tenía micrófonos ocultos en su Biblia y un Crucifijo y sabía de antemano que iba a haber intervención militar. Que llorase ante los reporteros y las cámaras de televisión tras la intervención militar no resultaba creíble.

Sin embargo, los militares encargados de diseñar y planificar la operación ya conocían cómo era la organización de los emerretistas dentro de la residencia. Sabían que los rehenes habían sido llevados al segundo piso del inmueble por orden de Néstor Cerpa, líder de los emerretistas, quien constantemente oía “ruidos sospechosos”. Incluso sabían cómo eran las rondas de vigilancia por las noches y las horas de relax entre los terroristas.

Por la tarde del 22 de abril, 140 comandos militares peruanos iniciaron la “operación Chavín de Huántar”. Fundamentalmente, el rescate de los rehenes con la menor cantidad de bajas, aprovechando el factor sorpresa y la superioridad numérica. Entrar a matar a los terroristas no era el objetivo, pero sí neutralizarlos si pretendían ejecutar rehenes tras el inicio del rescate. Una operación militar siempre debe valerse de todas las ventajas posibles. Que los emerretistas estuviesen desprevenidos en ese momento (algunos jugaban futbol), a pesar de sus sospechas, ayudó bastante. Que estuvieran mentalmente exhaustos tras cinco meses de encierro y zozobra (igual que los rehenes) también ayudó.

Ocurrieron varias explosiones en distintos lugares de la residencia. Primero ingresaron treinta comandos para evitar que los emerretistas en el primer piso fueran al segundo a ejecutar rehenes. Otros veinte comandos entraron por la puerta principal y tras ellos, soldados con escaleras para subir por las paredes posteriores del inmueble. El último grupo de comandos ingresó por dos túneles desde el jardín trasero y usó las escaleras para llegar hasta el segundo piso, donde estaban los rehenes, preparar las salidas para el rescate y “neutralizar” emerretistas. La operación fue exitosa y excelente. Salvo el vocal supremo Carlos Giusti, todos los rehenes fueron rescatados vivos. Excepto el teniente coronel Juan Valer y el teniente Raúl Jiménez (quienes murieron defendiendo a los rehenes), ningún comando perdió la vida.

Personalmente, un héroe es quien realiza una hazaña más allá del deber o más de lo que se espera de él, incluso arriesgando la vida. En el Perú parece haber necesidad por vestir de heroicidad a personas que no lo fueron, no lo buscaron o ni lo merecían. Sin malicia, discrepo de quienes llaman “héroes” a los comandos, pero sí considero que fueron hombres valientes cumpliendo con deberes asignados por la Patria y siempre merecerán nuestro reconocimiento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario