Llegué a casa casi en la noche y encendí la
televisión. Sintonicé la televisora privada de señal cerrada Canal N (para clientes
Movistar TV) y estaba el programa #NPortada.
Conducido por el periodista Mario Ghibellini, era un
conversatorio político entre el sociólogo Carlos Basombrio y el escritor Víctor
Andrés Ponce, respetables caballeros con quienes concuerdo tanto como discrepo.
Ante Basombrio, quien defendía las investigaciones periodísticas
y del Congreso sobre los sonados casos
de las supuestas agendas de la Primera Dama de la Nación, el irregular
resguardo policial a la casa del empresario Oscar López Meneses (otrora
integrante de la corruptela montesinista), la corruptela de Martín Belaunde
Lossio (antiguo empresario amigo de la pareja presidencial, preso en el penal
Piedras Gordas) y la influencia corruptora brasileña “Lava Jato”, Ponce alertó:
esta ola imparable de denuncias y acusaciones está deteriorando la convivencia
política y afectando peligrosamente la gobernabilidad.
Ante una pregunta aclaratoria de Basombrio, Ponce dijo
que nunca serán malas las investigaciones, pero que estos casos de escándalos
políticos con implicancias judiciales tienen para varios años más y no entiende
por qué el apuro de seguir denunciando y acusando hoy. También señaló que, a
consecuencia de esta insana distracción, nadie está hablando de los temas que
realmente interesan a la ciudadanía: baja creación de empleo y mayor inflación,
incesante delincuencia callejera u organizada, menor inversión pública y
privada, más actos de conmoción interna (mal llamados “conflictos sociales”),
etc.
Ponce no dijo que quienes tienen parte de la culpa que
los políticos estén en “otra onda” y aparezcan “sombras oscuras” hasta las
siguientes elecciones generales, son esos periodistas de radio, televisión y
prensa escrita opositores al Presidente de la República y su Gobierno que casi
todos los días y todas las semanas los bombardean con más denuncias y
acusaciones.
Si otrora existía la “revelación bomba”, que sacudía
la política y cuyas consecuencias se notaban en días, semanas o hasta meses
posteriores, desde 2008 con el escándalo "petro-audios" durante el
gobierno de Alan García, el gremio periodístico desarrolló la “revelación
metralleta”: constantes denuncias y acusaciones sobre un mismo caso para no
darle tiempo a los implicados de responder y provocar desenlaces rápidos e
impredecibles. Parece una guerra y la principal consigna de nuestros “ases del
periodismo” es “no tomar prisioneros”.
Ellos dirán que sólo quieren “destapar” la corrupción,
pero para hacerlo suelen fomentarla (desde pagar por pruebas ilegalmente
obtenidas hasta sobornar funcionarios de la administración pública para
conseguir información) sin remordimiento alguno. ¿Creen que no afectan la
gobernabilidad con ese “terrorismo mediático”?, ¿hasta dónde son capaces de
llegar por el “éxtasis de poder” que les produce “oler” el miedo de los
políticos?, ¿creen que no alienan (marxistamente, hablando) a la gente con sus “revelaciones”?.
¿Qué opinan ustedes?.

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