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¿Por qué apareció el fujimorismo?

Me lo he preguntado muchas veces y, probablemente, ustedes también. Trataré de responder y que el resultado de ese análisis político satisfaga tanto a quien escribe como a otros.

Tengamos en claro: el fujimorismo es un movimiento político caudillista. Por ende, no tiene ideología ni doctrina. Se formó en base al pragmatismo, el populismo, el autoritarismo y clientelismo. Está unido entorno a la figura política de Alberto Fujimori, quien durante ocho años detentó el poder en una dictadura civil.

El fujimorismo es el producto de un Perú atrapado en la violencia terrorista, la descomposición institucional, la corrupción, el desastre económico y el empobrecimiento acelerado con la democracia de la década de 1980 dominada por el APRA, el Partido Popular Cristiano, Acción Popular y la Izquierda Unida. El Perú más paupérrimo, inviable y desdibujado que nunca. Por eso los fujimoristas más fanáticos no dejan esa retórica tautológica de “Fujimori venció al terrorismo, derrotó la hiperinflación, modernizó el país…”

Además, el fujimorismo no nació sólo por personas de a pie que deseaban una “mano dura” sin limitaciones para “arreglar el país” sino por personas instruidas, ricas e influyentes que lo promovieron. Allí está el sector más reaccionario de la derecha conservadora. Un sector minoritario que renegaba de la democracia bajo la Constitución de 1979, que desde la dictadura del general Manuel Odría (1948-1956) anhelaba un “hombre fuerte” “cristiano y humanista”, que resintió la candidatura presidencial del escritor Mario Vargas Llosa en 1990.

Aquel sector que no quería una economía de mercado sino un “entorno más favorable para hacer negocios”, que pedía una táctica de “ojo por ojo”  para combatir a Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), que fue el primero en justificar con voz y escritura el golpe de estado del 05 de abril de 1992, que avaló abusos y tropelías de la dictadura, que hizo de la “vista gorda” ante el asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos. Aquel sector que después detestó los gobiernos de Valentín Paniagua y Alejandro Toledo, que creó el mito de la “liberación de terroristas”, que consideraba las procuradurías anticorrupción como “persecución política”, que escupe en el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que incentiva el odio (como el sector más incendiario de la izquierda radical) con sus calificativos tribales de “caviares” o “pro-terroristas”, etc.

Alguna vez escribí que el fujimorismo desaparecería en la Historia, como el leguiísmo, el sanchezcerrismo, el odriísmo o el velasquismo, pero me equivoqué. El fujimorismo continúa existiendo y hasta se expandió, porque se ha nutrido de los fracasos de la democracia restaurada en 2001, ha respetado y promete respetar la Constitución de 1993 y la institucionalidad vigente, tiene un liderazgo “más fresco” y una presentación partidaria “más moderna” desde 2006 e hizo más proselitismo político en todo el país que sus rivales.

¿Seguirá habiendo fujimorismo?. Difícil saberlo hoy. El tiempo lo dirá.



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