¿Puedo ser demócrata y no
apoyar el adelanto de un año de las elecciones generales de 2021?. Sí.
Aupado en los uniformes
castrenses en el “Día del Ejército”, el Presidente de la República volvió a defender
su propuesta de reforma constitucional para el adelanto electoral. Dijo que nadie
tiene derecho a impedir que “el pueblo
decida”. En consonancia, el Ministro de Justicia y Derechos Humanos
insistió que el referéndum para ratificar la reforma constitucional es
“innegociable”. ¿Dónde estuvieron ellos durante los años 2000 y 2001, los años
de la transición a la democracia?.
En cuanto a la propuesta de
adelanto electoral, parece políticamente inviable la aprobación en el Congreso,
por más presión de algunos medios de comunicación y ciertas encuestas de
opinión tendenciosas. En cuanto a Su Excelencia, ese “aventurero”, ese “intruso del Palacio de Gobierno”, ese sujeto vil que vino a “degenerar” el Perú, a
quien nadie votó (directamente) y cuya legitimidad se la debe sólo a la
Constitución de 1993 (que parece despreciar), un “tipejo” capaz de mandar militares
y policías a Arequipa para restablecer el orden público tras haber él “azuzado”
la violencia en un “paro” (para el ex diputado Enrique Ghersi, un hecho a
considerar en una posible destitución por el Congreso), no dedicaré ninguna
respuesta.
Sin embargo, me llama la
atención algunos políticos, de cuyas “credenciales demócratas” no dudo,
apoyando esa propuesta. Por ejemplo, los congresistas Alberto de Belaunde y
Gino Costa. De Belaunde, incluso, ha dicho parecerle “maduro” que una “crisis
política” se pueda “resolver con votos”, en lugar de tanques de guerra. Más
allá, Mesías Guevara (me parece un caballero, aunque discrepe), ex congresista
y presidente regional de Cajamarca, ha propuesto que se recorte también el
mandato regional y municipal (¡no ha transcurrido un año!) y vayamos a unas
“mega-elecciones”: presidenciales, parlamentarias, regionales y municipales.
La voluntad popular
libremente expresada en las ánforas se canaliza a través de las instituciones y
se somete al imperio de la ley. Cada cierto tiemplo los representados van a
comicios libres para elegir a nuestros representantes, conforme lo establecen
las normas. Así funcionan los Estados Unidos, por ejemplo. Nunca los
representantes llaman a los representados a comicios cuando ellos quieran,
modificando las normas a su gusto. La soberanía popular se trastocaría.
Si cada cierto tiempo los
representados eligen en comicios libres a sus representantes, todos deben
aceptar el resultado hasta los próximos comicios, cuyos plazos están regulados en
las normas. Es la única manera de aprender a elegir bien. Si renegamos de un
resultado electoral y buscamos corregirlo, nunca aprenderemos. La democracia
también es cultural.
Quizá usted, lector o lectora,
se arrepiente de haber votado por quien votó en las elecciones generales de
2016 y ya quiere volver a votar, pero debe aceptar las consecuencias de su
error hasta el plazo constitucional para las siguientes elecciones. Así pensará
-un poco mejor- por quién vota la próxima vez.
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