Tanto en el Perú como en el
mundo han sorprendido los últimos acontecimientos en Chile. Como es un país
vecino, es importante saber y entender qué está pasando.
La semana pasada la empresa
estatal Metro anunció el aumento en la tarifa del Metro de Santiago, el espléndido
tren subterráneo que recorre Santiago, la capital chilena. La tarifa subió de
800 a 830 pesos chilenos. Era el segundo aumento este año. Aunque un solo cobro
permite abordar los vagones del Metro más los buses en la superficie, que
conforman una sola “red de transporte”, y la tarifa está subsidiada en casi
50%, la subida causó el malestar de muchísimos chilenos. No sólo en Santiago,
también en Valparaíso, cuya tarifa está “enlazada” con el metro capitalino.
Al principio, sólo hubo una
muestra de “desobediencia civil” de la gente saltándose los torniquetes de
entrada en las estaciones para no pagar la tarifa. “Evasión masiva”, le
llamaron. Sin embargo, cuando los carabineros (policía) intentaron impedir la
“evasión”, estalló la revuelta. El viernes 18 fueron destruidas estaciones del
Metro y hasta incendiados vagones. De las siete líneas, sólo quedó operativa
una y 77 de 136 estaciones sufrieron serios daños. Los costos de reparación
superan los 200 millones de dólares.
El infierno apenas empezaba.
En Santiago cundió el vandalismo y la violencia, que rápido se extendieron a
ciudades como Valparaíso, Iquique, Concepción, Antofagasta y Temuco. Fueron
saqueados y hasta incendiados supermercados, farmacias, centros comerciales,
bancos y compañías de seguros y administradoras de fondos de pensiones. También
estaciones de servicio, almacenes de ferretería, tiendas, hoteles, edificios,
garitas de peaje, etc. Hubo barricadas en avenidas y calles. Se destruyeron semáforos,
se quemaron automóviles y buses de transporte público, se inutilizaron cajeros
automáticos. Al mismo tiempo, hubo protestas callejeras y resonar de cacerolas.
La noche del sábado 19, el gobierno de Sebastián Piñera (en el poder por segunda
vez desde 2018) decretó “estado de emergencia”, primero en Santiago y después
lo extendió a otras regiones. Impuso toque de queda (que también extendió) y
sacó los militares para apoyar a los carabineros.
A partir del lunes 21 los
saqueos disminuyeron y la violencia también, pero las protestas continúan. Hace
diez años Chile cayó en el fenómeno económico de la “trampa del ingreso medio”,
porque la economía emergente crece a tasas muy bajas, la clase media se
estanca, la movilidad social se detiene, el costo de la vida aumenta y las
diferencias sociales se agradan. Aunque Chile es un país con índices de pobreza
bajísimos (no hay pobreza extrema) y un ingreso per cápita superior al promedio latinoamericano, muchísimos
chilenos se quejan y hasta reniegan del bienestar y el desarrollo logrados. A
su vez, desde quince años atrás el país se “izquierdiza” hacia una mentalidad
populista -y ateísta- disfrazada de “progresismo”: la gente quiere más derechos
con iguales deberes, quiere trabajar menos y ganar más, quiere que el Estado lo
proteja y le garantice la felicidad sin esfuerzo individual. Ya no quiere crear
riqueza, sólo redistribuirla.
¿Cómo debemos ver esa
situación desde el Perú?. Como algo propio de la realidad chilena. Ninguna buena
lección puede enseñarnos un país que pierde el rumbo. Aquí “rojos”, “rojimios”
y cualquiera que pose de “políticamente correcto” proclamarán que la economía
de mercado en Chile “fracasó” y el Perú debería “corregir el rumbo” para no terminar
como los chilenos.
Que los chilenos se ocupen
de su país. Los peruanos nos ocuparemos del nuestro y el Perú (ni siquiera se
ha acercado a la “trampa del ingreso medio”) sigue necesitando mayor
crecimiento económico, mayor inversión privada, mayor riqueza, mayor
prosperidad.

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