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Camino a la inestabilidad ("ESPECIAL")


Tras un Mensaje a la Nación plagado de logros pobres, promesas demagógicas y datos discutibles, el Presidente de la República anunció que propondrá una reforma constitucional para adelantar un año las elecciones generales de 2021.

Su Excelencia insinuó que no puede gobernar más con el Congreso. Sin embargo, no renuncia y prefiere hacer “saltar por los aires” la estabilidad política. Tal vez parte significativa de la ciudadanía esté de acuerdo con la iniciativa, junto con políticos oportunistas y, por supuesto, los “rojos” y “rojimios” pretendiendo “pescar a río revuelto”. Quizá el Presidente de la República sabe que la mayoría en el Congreso la rechazará, pero él subirá su aprobación en las encuestas de opinión, a cambio de sumir al Perú en la incertidumbre.

Con la democracia restaurada en 2001, aunque precaria, la estabilidad política ha sido constante. “Estabilidad a la peruana” (por asentarse sobre el modelo económico heredado de la década de 1990), decía el politólogo Carlos Meléndez. Bajo esa relativa estabilidad vivieron los gobiernos de Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala. Esto comenzó a cambiar con el gobierno de Pedro Pablo Kucyznski.

En 2016 Kuczysnki venció electoralmente a doña Keiko F., ex congresista, hija mayor del ex dictador Alberto Fujimori y lideresa del fujimorismo. Por segunda vez Doña Keiko no llegaba al poder, pero el fujimorismo había obtenido mayoría absoluta en el Congreso. A diferencia del pasado, el gobierno de Kuczysnki empezaba políticamente débil. Era el momento para un “acuerdo” del fujimorismo con el oficialismo. No se trataba de “cogobernar” sino de dejar al Gobierno nacional aplicar sus políticas (especialmente, en economía), con las cuales el fujimorismo coincidía en gran medida. Kucyznski se iba a desgastar en el poder, pero siendo “leal oposición” el fujimorismo hubiese comenzado a “ganar confianza” entre quienes, sin ser anti-fujimoristas, no votaron a Doña Keiko.

No fue así. Oyendo voces de ambiciosos, recalcitrantes y sinvergüenzas, con agendas propias, Doña Keiko no se comportó como “estadista” sino como “niña caprichosa” de la política. Se propuso “castigar” a Kuczysnki y “vengarse” de quienes le apoyaron. La bancada fue su instrumento. El fujimorismo mostró músculo -no cerebro- con la censura al ministro de Educación, Jaime Saavedra, en el Congreso y desde ese instante no paró. Si otorgaba facultades legislativas, después derogaba los decretos legislativos. Si había proyectos de ley del Gobierno nacional, no los debatía rápidamente. Los ministros también sufrieron el desquite fujimorista. Por supuesto, Kucyznski contribuyó con sus vacilaciones y pésimas decisiones. Su indulto a Fujimori en 2017 profundizó el enfrentamiento interno entre Doña Keiko y su hermano menor Kenji por el liderazgo fujimorista y la enfureció con Kuczysnki, al contrario de lo que, por ejemplo, el periodista Juan Paredes Castro o el abogado Ángel Delgado, aseguraban pasaría.

Ya Doña Keiko se propuso sacar a Kucyznski, quien estuvo dispuesto a complacerla en lo que sea para que ella y su bancada lo dejaran gobernar en paz. Muy tarde. Un primer intento de destitución presidencial en el Congreso falló. El Gobierno nacional se defendía. Para entonces había tratos políticos con el sucesor constitucional para que éste asumiera. A pesar de haber sido cercano al entorno palaciego, la ambición del poder se impuso en él. La felonía no era buena señal, pero Doña Keiko la obvió. Confió en él, sin percibir que sería un “aventurero”. Hoy está arrepentida. Forzado, Kuczysnki renunció en 2018 y la historia restante es conocida.

Por desgracia, ahora peruanos y peruanas pagamos las consecuencias. Que Dios nos proteja y bendiga al Perú.


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