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Xenofobia en el Perú..., ¡nunca más!

Xenofobia o el odio al extranjero es uno de los peores males que puede “intoxicar” una sociedad y el Perú tiene pasado xenofóbico.

De todas las comunidades extranjeras en el Perú, ninguna sufrió tan enconadamente la xenofobia como los chinos. La inmigración china comenzó a inicios del siglo XIX con peones o “culíes”, que eran traídos para trabajar en las haciendas costeñas. Hasta la década de 1870 barcos partían desde la pobrísima y “feudal” China con más “culíes”, pero los chinos venidos para trabajar temporalmente en las haciendas se convirtieron después en jornaleros o dueños de tiendas de abarrotes, bazares, restaurantes, casas de juego de azar, fumaderos de opio, etc.

En 1909 el Perú vivía una época de recesión económica, a consecuencia de la actividad industrial y comercial paralizada por la contracción de créditos bancarios y un aumento del déficit fiscal y el endeudamiento externo por gasto militar. El desempleo crecía. El ambiente estaba caldeado por la agitación política del Partido Demócrata y el Partido Liberal contra la oligarquía civilista en el poder. Entonces se anunció que un barco con 1,050 chinos huyendo de la miseria y el caos de la China previa a la caída de la monarquía imperial llegaría al Callao.

El 09 de mayo, en un mitin por diputaciones suplentes al Congreso, 300 jornaleros del “Partido Obrero” aliado de demócratas y liberales marcharon por el Paseo Colón y después hacia la Plaza Mayor para protestar contra el alcalde de Lima, Guillermo Billinghurst, por la no-instalación de las mesas de sufragio. Antes que sus candidatos se retiraran tras haber prometido el oro y el moro a los presentes, sumaban 800 manifestantes y no se iban. No sé sabe cómo o quién, pero por la tarde alguien mentó a los chinos y ardió la mecha.

Se oían “vivas” a los ex diputados Carlos de Piérola y Augusto Durand, jefe demócrata y jefe liberal, respectivamente. En simultaneo, “¡Muerte a los chinos!” o “¡Abajo los chinos!”. Después las turbas se dividieron por distintas calles y se entregaron a la barbarie. Apedrearon casas comerciales. Golpearon salvajemente a chinos transeúntes. Destrozaron enseres y mercadería. Rompieron puertas y ventanas. Tumbaron andamios.

También hubo saqueos y la destrucción fue más allá del “Barrio Chino” llegando hasta el barrio obrero cruzando el río Rímac. La violencia no cesó por la noche e incluyo incendios. La gendarmería no intervino y la revuelta acabó al día siguiente. Algunos chinos murieron, muchos resultaron heridos y bastante propiedad privada fue violentada.

El diario La Prensa, vinculado a los demócratas, aplaudió los hechos. No había que crear uno sino “mil conflictos” hasta que los chinos “se fueran”, reseñó. Para ganarse apoyo popular, Billinghurst ordenó demoler el “Barrio Chino”, que consideraba lugar de insalubridad, vicios y perdición. La xenofobia contra los chinos duraría largos años.

Hoy, cuando vaya a un chifa (es “chi-fa” en chino-mandarín, que en español es “arroz”), piense en la estupidez de la xenofobia. Nunca más invoquemos ese demonio en el Perú.

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