Ya se cumplieron 10 años de
los trágicos sucesos de Bagua.
En 2008 el gobierno de Alan
García, en el marco de facultades legislativas otorgadas por el Congreso para
la implementación del Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos,
promulgó un gran paquete de decretos legislativos. Tres decretos causaron
polémica: la nueva Ley Forestal y de Fauna, que promovía la inversión privada
en forestación, re-forestación y agro-forestación; dos modificaciones a la
legislación sobre comunidades campesinas y nativas, unificando criterios de
votación en asambleas comunales y fomentando la explotación agropecuaria en
tierras comunales.
La Defensoría del Pueblo
dijo que los dos últimos decretos legislativos contravenían la Convención 169 de
la Organización Internacional del Trabajo sobre la “consulta previa” a pueblos
indígenas. Sin embargo, el bochinche empezó por Alberto Pizango, presidente de
Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP), quien
declaró a su organización en “insurgencia” y exigía derogar todos los decretos
y el mismo tratado. Al final, el Congreso derogó ambos decretos legislativos,
pero Pizango y su AIDESEP siguieron haciendo “bulla”, como dijo el entonces
ministro del Ambiente, Antonio Brack.
No debió, pero el Poder
Ejecutivo instaló una “mesa de diálogo” con nativos amazónicos. Pizango exigió
participar, a pesar que su AIDESEP no era representativa. Se paseó por
televisoras y radioemisoras en Lima buscando apoyo de “rojos” y “rojimios” con
influencia mediática. Al mismo tiempo, cuando otros periodistas o reporteros le
preguntaban cuáles artículos del decreto eran lesivos a los nativos, sólo
repetía “¡Derogatoria!”. Finalmente, Pizango llamó al “paro indígena” a inicios
de 2009. Para entonces la izquierda radical lo apoyaba. Una red de radioemisoras
locales (algunas “piratas”) “rojazas” azuzaban a los nativos contra el Poder
Ejecutivo. Incluso una actriz estadounidense de ascendencia peruano-suiza
llamada Q'orianka Kilcher vino al Perú para respaldar mediáticamente a Pizango,
aunque no hablaba nada de español.
El Congreso votó la
suspensión del decreto legislativo, pero ya era tarde: dos mil nativos habían
bloqueado la carretera Fernando Belaunde, a la entrada de la ciudad de Bagua.
El Ministerio del Interior ordenó despejar la vía y restablecer el orden. Ante
el contingente de la Policía Nacional y los disparos de bombas lacrimógenas y
perdigones en la zona “Curva del Diablo”, los nativos reaccionaron
violentamente. Fotógrafos y camarógrafos captaron escenas de salvajismo.
Especialmente, policías asesinados con hondas y lanzas. La fotografía del mayor
Felipe Bazán “secuestrado” por nativos fue el último testimonio de este policía
desaparecido. No obstante, su padre y la esposa culparon al alto mando policial.
Otro contingente policial
fue enviado a liberar la Estación 6 del Oleoducto Norperuano tomada por un
centenar de nativos. Estos indígenas desarmaron, secuestraron y después
degollaron a los policías. Tanto el Poder Ejecutivo como la “Comisión Lombardi”
del Congreso indicaron que hubo alrededor de una trentena de muertos: la gran
mayoría, policías. Sin embargo, la televisora británica BBC “infló” la cifra de
pocos nativos muertos hasta superar a los policías fallecidos. De inmediato,
“rojos” y “rojimios” se agarraron de esa falsedad.
El decreto fue derogado por
el Congreso. Pizango fugó a Nicaragua, pero después volvió caído en desgracia.
El Ministerio Público y el Poder Judicial procesaron a los nativos inculpados.
En 2016 los indígenas acusados por las muertes en la “Curva del Diablo”
(incluido Pizango) fueron absueltos. El siniestro rol del “rojimio” Instituto
de Defensa Legal fue crucial. Falta el juicio por las muertes en la Estación 6.
La justicia tarda.

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