Alberto Fujimori, adiós

 

Finalmente, sucedió: murió el ex dictador Alberto Fujimori. Condolencias a su familia.

Fujimori, excarcelado el año pasado (cumplió dieciséis de los veinticinco años de condena en la prisión del fundo Barbadillo, a las afueras de Lima), era un anciano octogenario quien sufría hace tiempo de graves enfermedades crónicas. El polémico indulto humanitario otorgado por el gobierno de Pedro Pablo Kuczysnki en 2017, el cual, finalmente, le permitió salir de la cárcel ya no interesa. Que Dios se apiade de su alma, como del alma de todos nosotros. Hace varios años Torre Tagle indicó que a Fujimori no le correspondía “funerales de estado”, porque perpetró el golpe de estado del 05 de abril de 1992. Sin embargo, sus restos serán velados a puertas abiertas en el Museo de la Nación en Lima. Evidentemente, con anuencia de la Presidenta de la República y su Gobierno.

Para una parte de la ciudadanía, Fujimori representa el ajuste económico y las reformas de mercado en la década de 1990 (cuyos resultados beneficiosos no se verían hasta el siguiente decenio), la pacificación contra el terrorismo comunista de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y la asistencia social. Para otra parte de la ciudadanía, representa la dictadura, el ex asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos (preso en la prisión de la Base Naval del Callao desde 2001), violaciones a derechos humanos y crímenes de lesa humanidad (el destacamento militar Colina), la represión (más selectiva que masiva) y las enormes redes de corrupción no vistas hasta entonces. Para quien escribe, las dos representaciones son válidas.

Aún es prematuro, pero Alberto Fujimori deberá ser visto en el futuro como un episodio más de la accidentada, imprevisible y hasta incomprensible historia de Perú. Un episodio más con luces y sombras, con legado positivo y negativo. Por ejemplo, un hecho real que todavía mucha gente no entiende: la transición hacia la democracia entre 2000 y 2001 es una consecuencia de la dictadura de Alberto Fujimori, porque nos dejó casi todo su andamiaje institucional y su esquema económico, los cuales, para bien o mal, se mantienen hasta el presente. Pretender borrar todo ese episodio de nuestra historia es insensato y absurdo.

Para quien escribe, Fujimori no era un hombre bueno (su trayectoria de vida lo evidencia), pero me alegra que no haya acabado sus días como el ex dictador Augusto B. Leguía en 1932. Si se arrepintió o no de sus delitos (está probado que delinquió), importa poco o nada ahora. Fujimori pudo ser juzgado y sentenciado debidamente, por lo que no hubo impunidad. Por otro lado, considero esta muerte una señal más que está terminando un ciclo político que empezó hace casi veinticuatro años (por ejemplo, el año pasado murió el general Francisco Morales Bermúdez, cuya “dicta-blanda” rigió el país entre 1975 y 1980) y comenzará uno nuevo, cuyos protagonistas aún no conocemos.

Como estamos en un cambio de época, Dios permita que la muerte de Fujimori pueda ser el inicio de una reconciliación nacional. Perú lo necesita.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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