Otro “Limazo”

 

Hace dos meses se conmemoraron cincuenta años de los sucesos de febrero de 1975, también denominados por la historiografía peruana como el “Limazo”.

Una huelga policial mal reprimida por la dictadura del general Juan Velasco Alvarado a inicios de 1975 fue el pretexto para que las turbas y la muchedumbre realizaran disturbios, saqueos e incendios en el Centro de Lima, entonces la localidad neurálgica de la ciudad capital. La Revolución de las Fuerzas Armadas, iniciada tras el golpe de estado de 1968, culpó a la acción política conjunta del APRA y la Central Intelligence Agency (CIA) de los Estados Unidos.

Sin embargo, sociólogos e historiadores consideran causas más profundas: el descontento ciudadano por la crisis económica imperante. Inflación que había elevado significativamente el costo de los productos de primera necesidad. Escasez en el mercado, como consecuencia de los controles de precios y de cambios. Desempleo, por baja producción, productividad y competitividad en la economía. Todo en un ambiente de prohibición de actividad política, censura informativa y penas de cárcel o destierro.

El “Limazo” no es un acontecimiento muy estudiado por la intelectualidad. Especialmente, la intelectualidad izquierdista. Para usar un concepto que se haría muy común en el lenguaje político desde el retorno a la democracia en 2001 (concepto con el cual discrepo), el “Limazo” fue el primer “conflicto social” contemporáneo.

¿A qué viene la mención al “Limazo”?. El periodista Nicolás Lucar repite frecuentemente que la actual situación social de altísimo descontento ciudadano contra la desacreditada Presidenta de la República y su repudiado Gobierno, además del putrefacto Congreso, sumado a una economía en lenta recuperación (se proyectan tasas de crecimiento demasiado bajas para reducir la pobreza y generar empleo masivo), una delincuencia común y una criminalidad organizada desatadas (todos los días los medios de comunicación reportan muertos o heridos por extorsión o sicariato) y una conducta cada vez más incompetente, indolente y venal de las autoridades políticas hacia la sociedad, “tienen un límite” en la ciudadanía. “¿Dónde está el límite?, ¿cuál es el límite?”, se pregunta Lucar reiteradamente.

La historia peruana contiene episodios donde las masas perdieron la paciente, aunque bajo liderazgos coyunturales: los motines en Lima tras el golpe de estado de 1872 perpetrado por los hermanos Gutiérrez o los saqueos y los disturbios en 1930 contra los bienes inmuebles de quienes habían servido a la dictadura de Augusto Bernardino Leguía.

No sé si se repetiría otro “Limazo”. Sólo sé que turbas o muchedumbres en las calles no se detendrán a pensar en la Constitución de 1993 o la línea sucesoria presidencial. Exigirán cambios, porque no soportan más el status quo.

Post data: ¿cómo puede el congresista Ernesto Bustamante, quien tiene una hija, decir que “las mujeres no tienen condiciones biológicas para la ciencia”?, ¿qué fueron la química polaca Marie Curie, la inventora austriaca Hedy Lamarr o la astrónoma estadounidense Vera Rubin?.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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