Era 1982. Hacía dos años se habían celebrado las elecciones generales y el candidato presidencial del APRA había quedado en un decepcionante segundo lugar.
Desde la muerte del líder fundador Víctor Raúl Haya de la Torre en 1979, la pugna por el liderazgo del APRA se habían encarnizado. El ex diputado y ex constituyente Andrés Townsend y su línea “socialdemócrata” fueron vencidos por Armando Villanueva, ex diputado y quien había sido el candidato presidencial, la cabeza de la línea “socialista”. Townsend y sus simpatizantes se marcharon del APRA, pero Villanueva, quien estaba en la base seis de su vida, no podía ser el nuevo líder que el APRA necesitaba.
Fue entonces cuando un joven abogado y diputado, quien había sobresalido por su oratoria durante la Asamblea Constituyente entre 1978 y 1979, perteneciente a la última generación de jóvenes formados políticamente bajo la tutela de Haya, destacó. Se llamaba Alan García y llamó la atención de propios y extraños cuando confrontó astutamente y sin reservas, en plena sesión de la Cámara de Diputados, al senador Manuel Ulloa, quien entonces era el Presidente del Consejo de Ministros y el Ministro de Economía y Finanzas. Este hecho permitiría después a García hacerse con la secretaría general del APRA. A muchos militantes apristas les encantó la frescura de un rostro nuevo con un discurso renovado.
¿En qué consistió esa renovación?. El difunto abogado Javier Barreda lo plasmó bien en un libro publicado en 2012. García buscó la legitimidad de su liderazgo en Haya de la Torre. Sin embargo, García reivindicó al Haya “revolucionario” de 1931, al Haya acosado por las dictaduras del ex comandante Luis Miguel Sánchez Cerro y el general Óscar Benavides, el Haya de 1945 y su slogan “no quitar riqueza”. Mejor dicho, García reivindicó al Haya inicial, al Haya políticamente impoluto. El Haya de la Torre que a todos los apristas les gusta evocar.
Al hacer esa reivindicación, García condenaba sin condenar a Haya de la Torre por su responsabilidad política en la caída del gobierno de José Luis Bustamante y Rivero en 1948. También condenaba sin condenar “la Convivencia” entre Haya y el APRA con el gobierno de Manuel Prado entre 1956 y 1962. Por último, García condenaba sin condenar el pacto político-electoral de Haya en 1963 con su viejo enemigo, el general Manuel Odría, ex dictador: la “Coalición del Pueblo”, que alejó del APRA a tantos apristas.
García, quien nunca fue un erudito de la historia, jugó las cartas que las circunstancias le presentaron y ganó. Las consecuencias de no aprender las lecciones históricas las sufriría él y todo el Perú. Paradójicamente, muchos años después, García acabaría haciendo con los fujimoristas algo parecido a lo que Haya hizo con los odriístas y que él le había condenado sin condenarle.
Actualmente,
con el APRA reinscrito, ¿quién será el nuevo líder que ese partido político
necesita?, ¿ese nuevo líder reivindicará a García?. Si fuese así, ¿a cuál
García reivindicaría?, ¿al García de 1985 a 1992, al García de 2006 al 2011 o
al García de sus últimos años?.
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