Tensión en el Medio Oriente, para variar. El último fin de semana Irán lanzó misiles y drones armados sobre territorio de Israel. Era la primera vez.
Israel tiene un eficaz escudo antimisiles y con sus aviones de combate repelieron el ataque sobre ciudades como Jerusalén o Tel Aviv. Los israelíes también tuvieron una discreta ayuda de Jordania y Arabia Saudita. No hubo destrucción ni muertos o heridos, excepto una niña beduina. La teocracia islámica de Irán justificó su ataque como “el derecho a la defensa” por un supuesto ataque armado israelí contra el consulado iraní en Damasco, Siria.
Este ataque fue condenado por muchísimos países. Primordialmente, los Estados Unidos, principal aliado de Israel en la región. También hubo condenas de Gran Bretaña, Francia, Alemania y otros países europeos. Incluso Rusia y China, cuyos intereses geopolíticos se verían perjudicados con un conflicto bélico directo entre Irán e Israel, también condenaron el ataque. No faltaron las condenas de Canadá, Japón, Corea del Sur, Australia o India. Por supuesto, las Naciones Unidas.
En América Latina, las condenas al ataque iraní contra Israel fueron dispares: la mayoría de países condenó, pero “abogó por la paz”. Argentina, Paraguay, Ecuador y la República Dominicana sí se solidarizaron con Israel. El presidente argentino Javier Milei (quien se está convirtiendo al judaísmo), incluso, invitó al embajador israelí en Buenos Aires a reunirse con su “comité de seguridad”. Perú, mediante un comunicado oficial de Torre Tagle, condenó el ataque iraní contra Israel y pidió la intervención del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
En Perú como en el resto de Occidente, las facciones de izquierda radical se alinearon con la teocracia islámica iraní, movidas por el odio hacia los Estados Unidos y su principal aliado en el Medio Oriente, Israel. No interesa que Irán fomente el terrorismo y busque poseer armas nucleares, además de tener un régimen político que censura, reprime, encarcela y ejecuta disidentes, donde no existen elecciones libres ni libertad de expresión y el país está regido por la “ley islámica”. Por el contrario, exceptuando algunos reaccionarios que no miran mal a la teocracia islámica iraní, en los sectores “de derecha” hubo apoyo moral hacia Israel, pero nada más.
La presencia de Irán en América Latina debe preocuparnos. Especialmente, los estrechos vínculos entre Bolivia e Irán. Este año un ciudadano iraní, perteneciente a una división de la Guardia Revolucionaria, la poderosa fuerza paramilitar de la teocracia islámica iraní, fue detenido en Lima por la Policía Nacional, porque se sospechaba que vino para matar a un empresario israelí, quien participaría en las reuniones preliminares al Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), a celebrarse en noviembre. El terrorista iraní se había asociado con asesinos peruanos (a uno de ellos lo conoció en una cárcel japonesa), pero fue detenido antes de perpetrar el crimen. Probablemente, la información provino de la embajada israelí en Lima.
Esto no es un juego. La teocracia islámica iraní tiene antecedentes de perpetrar atentados terroristas en América Latina (lo hizo en Argentina, en 1992 y 1994) y debiera preocupar a Perú que Bolivia pueda estar entregando pasaportes a terroristas iraníes o terroristas pro-iraníes de Siria, Líbano, Iraq, Yemen, la Franja de Gaza o la Cisjordania palestina que les permita pasearse por estos lares. Todavía no sabemos si el terrorista iraní capturado entró a Perú con pasaporte boliviano.
La
teocracia islámica iraní no lucha por la “causa palestina” o la fe islámica sino
contra la civilización occidental, a la cual pertenecemos.
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