Hace un par de meses el Congreso aprobó la reforma a la Constitución de 1993 más infame e inmoral hasta la fecha: el retorno a la bicameralidad.
Esta reforma constitucional desconoció la voluntad popular libremente expresada en el Referéndum de 2018, que se manifestó abrumadoramente mayoritaria contra la bicameralidad, pero está tan mal elaborada que el Congreso ha quedado fuera de la Constitución de 1993: ahora es “ilegítimo” y todas sus decisiones son “espurias”. Sin embargo, muchísimos políticos, periodistas y juristas aplaudieron a rabiar este “mamarracho”. “¡Lo mejor que ha hecho este Congreso!”, dijo un conocido jurista y ex magistrado del Tribunal Constitucional. “¡Por fin tendremos Senado!”, escribió Andrés Romaña, un joven columnista del diario Perú21.
Entonces comenzó la “romantización” de la bicameralidad: ahora habrá mayor reflexión en las leyes, volveremos a nuestra tradición parlamentaria, etc. Recuerdo haber visto en televisión al joven periodista Santiago Gómez, posar de erudito, mientras describía cómo el Senado tendrá sesenta integrantes y la Cámara de Diputados tendrá ciento treinta y bla, bla, bla.
Esta “ilusión bicameral” está desapareciendo. La Comisión de Constitución y Reglamento del Congreso “ilegítimo” aprobó un dictamen (si se le puede llamar “dictamen”) para establecer el mecanismo de elección de ambas cámaras: disminuye la fracción de representación por cada distrito electoral. Por tanto, el Senado tendría casi ochenta integrantes y la Cámara de Diputados, casi ciento sesenta. Además, la elección senatorial será con una lista departamental y otra nacional, que no tendría voto preferencial. Imaginen cuán grande será la cédula de sufragio.
¡Prepárense!, porque recién empezamos a conocer la realidad de esta reforma constitucional malhecha y truculenta. A su vez, el dictamen nos demuestra que aquel “tope presupuestal” en la reforma estará pintado en la pared. El nuevo Congreso bicameral nos costará carísimo.
Hasta el golpe de estado del 05 de abril de 1992 el Congreso (con sesenta senadores y ciento ochenta diputados) costaba, más o menos, 147 millones de soles. Durante la transición hacia la democracia en 2001, el Congreso costaba alrededor de 487 millones. Exceptuando 2003, todos los años el presupuesto parlamentario se ha incrementado, disparándose a partir de 2016. Hoy el Congreso cuesta más de novecientos millones de soles, teniendo ciento treinta congresistas y más de cuatro mil empleados. Recientemente, el Ministerio de Economía y Finanzas aprobó un desembolso extra, con cargo al Fondo de Estabilización Fiscal, para el Congreso.
Mientras llega esa “bicameralidad de ensueño”, la Cámara “espuria” sigue haciendo de las suyas: una ley para quitar la responsabilidad penal de partidos y movimientos políticos, un proyecto de ley en debate para “entorpecer” los allanamientos de fiscales y policías y reducir la tipificación delictiva de la criminalidad organizada, etc.
Estos “bicameralistas
sobrevenidos” olvidaron aquel refrán de la infancia: árbol que nace torcido su
tronco nunca endereza.
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