Raza o clase

 

Desde el psicoanalista Jorge Bruce hasta el administrador de empresas Rolando Arellano han opinado sobre esta controversia.

¿Por qué, pese a su incompetente, corrupto e ideologizado Gobierno, el “hombre sin sombrero” que ocupa la Presidencia de la República aún tiene entre 20 a 25% de aprobación, según varias encuestas de opinión?. A pesar de las deficiencias de los sondeos demoscópicos, es normal que haya gente simpatizando con el “hombre sin sombrero”. Si alguien soñaba con una aprobación de 0%, se equivocaba. Tampoco significa que el “hombre sin sombrero” dará un giro de 180 grados y se volverá “popular”. Ni una cosa ni la otra.

Hasta ahora casi todas las explicaciones de por qué el “hombre sin sombrero” tiene simpatizantes apelan a la “identificación racial”: son peruanos y peruanas del campo, peruanos y peruanas de los Andes, quienes apoyan al “hombre sin sombrero”. Es una deducción simplista y errónea. El “hombre sin sombrero” tiene nombres y apellidos demasiado hispanos. No habla quechua o aimara. No es “cobrizo”. Además, es mentiroso, ocioso y sinvergüenza. No acepto que peruanos y peruanas del campo, de los Andes, sean como el “hombre sin sombrero”.

¿Entonces?. Desde 1930 hasta la década de 1970 la izquierda radical intentó despertar la “conciencia de clase” entre las masas. Fracasó. El pensador socialista José Carlos Mariátegui lo señaló: en la sociedad peruana no podía surgir la “conciencia de clase”, necesaria para la “lucha revolucionaria”, mientras hubiera “fracturas raciales”. Diferenciar entre blancos, mestizos, indígenas o negros, sin interesar la condición de burguesía, proletariado o campesinado, era una señal de atraso social. Si en otros países latinoamericanos “el dinero blanqueaba”, en el Perú no. No obstante, el crecimiento económico y el desarrollo humano vividos en el Perú en las dos últimas décadas habrían empezado a cambiar esa realidad.

Como hoy el dinero sí puede blanquear, el discurso de “lucha de clases” puede tener calado en las masas. Sin embargo, no es un discurso “puro”, como antaño, sino con tintes racistas y anti-limeños. Quienes aún apoyan al “hombre sin sombrero” no lo hacen sólo por el elemento identitario. La “raza” no basta para excusar al “hombre sin sombrero” ante el coste de la vida, la delincuencia callejera, la falta de empleos, etc. Ellos le apoyan, porque creen -ciegamente- en el mensaje político, al margen de sus diferencias de sexo, edad, raza, credo, condición social o económica. Los vemos u oímos, por ejemplo, en las redes sociales.

Para esa gente minoritaria, pero fanatizada, el Congreso, el empresariado y los grandes medios de comunicación odian al “hombre sin sombrero” y no le dejan gobernar, porque él estaría “enfrentándose” en Lima a los “ricos, corruptos y explotadores” en favor de “pobres, humildes y postergados”. El discurso de “lucha de clases”.

La pregunta central debiera ser: ¿esa minoría fanática estaría dispuesta a empuñar un arma de fuego o un arma blanca para defender al “hombre sin sombrero” cuando su Gobierno esté al borde de la caída?. Por ahora, no sé.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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