“Lima será sede de los Juegos Panamericanos 2027”, han proclamado los despachos noticiosos de los medios de comunicación.
A iniciativa del Alcalde de Lima (¡ese “chulo arrogante”!), la ciudad capital fue postulada como sede de este evento deportivo continental. Lima fue sede de los Panamericanos en 2019, no sin previa polémica por el enorme gasto público durante el nefasto gobierno de Martín Vizcarra en construcción, reparación o ampliación de infraestructura deportiva y habitacional para las delegaciones extranjeras visitantes. También se gastó en infraestructura vial y ornato de la ciudad. Fue en 2013 cuando la entonces alcaldesa de Lima, Susana Villarán, postuló a la ciudad. Necesitó del apoyo del gobierno de Ollanta Humala. En esta ocasión, la Presidenta de la República, deseosa de ganar algunos aplausos, respaldó la nueva iniciativa.
El nuevo Presidente del Consejo de Ministros viajó a los Estados Unidos para reunirse con el Alcalde de Lima en la audiencia ante el comité seleccionador, en Miami. La otra ciudad postulante era Asunción, la capital de Paraguay. Incluso el presidente paraguayo Santiago Peña expuso por videoconferencia los motivos para postular a Asunción, pero al momento de votar, Lima tenía preferencia por haber sido sede anteriormente. Por eso el triunfo.
A partir de ese momento, desde la política o los medios de comunicación no se oye más que alabanzas a la decisión, que estamos “felices” por Perú, que haber sido designada Lima por segunda vez como sede de los Juegos Panamericanos debe “llenarnos de orgullo” y otras paparruchadas patrioteras. ¿Qué siente realmente la ciudadanía, común y corriente?, ¿realmente, la mayoría de limeños y limeñas está contenta?. Me atrevería a afirmar, no.
Los Juegos Panamericanos en 2019 no fueron un “despilfarro” (como sostenían sectores “de derecha”, hoy calladitos) ni una pérdida de tiempo: todo el evento deportivo alentó una fuerte actividad económica aquel año. Especialmente, en turismo, hotelería y gastronomía. Todo el evento fue transmitido por televisión y Perú se lució como anfitrión en la ceremonia inaugural. Aunque hubo gente reticente al inicio (me incluyo), al final quedó satisfecha.
Sin embargo, en 2019 Perú era otro país: aún se respiraba optimismo y había expectativas altas por el futuro. Hoy la realidad es distinta: la sociedad peruana está “rota”, “herida” y “rabiosa”. No existe optimismo sino pesimismo y mortificación y no se ven expectativas de futuro. Por eso hoy crece el deseo de emigrar, una situación que -por ejemplo- nos está asemejando a Brasil, donde se ha disparado la emigración. La gran mayoría de peruanos y peruanas (incluido a quienes habitan Lima) está buscando soluciones contundentes a serios problemas presentes y no quiere oír hablar de “fiestas” futuras.
Oír a
políticos, periodistas, líderes de opinión pública, etc., decir cuán grandiosos
serán los Juegos Panamericanos 2027, sin interesarles qué está sintiendo la
ciudadanía, demuestra el grado de desconexión
entre las elites y todos nosotros. Me
aterra, porque no nos llevará a nada bueno.
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