Hace tiempo el diario La República está en una campaña de desprestigio contra el Congreso. Podríamos decir desde 2016, pero -sobre todo- desde el 28 de julio del año pasado.
La cultura política peruana es tradicionalmente “anti-parlamentaria”. Al margen de sexo, raza, credo, condición social o económica, mucha gente no entiende para qué existe el Parlamento ni la importancia del Parlamento para la institucionalidad del país. Los abundantes episodios de golpes de estado y dictaduras en nuestra historia republicana mellaron la majestad del Parlamento como la máxima expresión de la soberanía popular.
Tras el retorno a la democracia en 2001 hasta el 30 de septiembre de 2019, cuando el gobierno de Martín Vizcarra forzó la disolución de la Cámara, pese al inédito funcionamiento ininterrumpido del Congreso, el malísimo diseño constitucional parlamentario y el debilitamiento y descrédito del sistema de partidos políticos, permitieron que individuos poco o nada honorables conformaran la Cámara, principal motivo para el desprestigio actual del Congreso.
Si usted lee regularmente la sección política de La República, vocero oficioso de la “progresía” limeña, se percata que la línea editorial e informativa es siempre equiparar al Congreso con el “hombre sin sombrero” que ocupa la Presidencia de la República y su incompetente, corrupto e ideologizado Gobierno. Incluso insinúa que el Congreso es culpable de que el “hombre sin sombrero” siga en el poder o que la población aún no salga a las calles para protestar contra éste. Para La República, al momento de evaluar al Congreso, no existen diferentes bancadas, distintas tendencias políticas ni individualidades: (casi) todos son lo mismo, (casi) todos son lo peor.
Esta generalización no es inocente. Respondería a una estrategia política. Primero, diluir la responsabilidad de la “progresía” limeña en la llegada al poder del “hombre sin sombrero” cuando vestía sombrero y lo mostraba como el “José Mujica peruano”, en referencia al campechano ex presidente uruguayo. Segundo, descargar sobre el Congreso la responsabilidad por la salida a la crisis política e institucional del país. Por eso hoy no vemos, oímos ni leemos las frenéticas exigencias de “renuncia, renuncia, renuncia” contra el Palacio de Gobierno que sí vimos, oímos o leímos en noviembre de 2020. Tercero, desacreditar a todos los adversarios políticos por igual para que la “progresía” limeña, a través de candidatos de turno, emerja después de la caída como la única fuerza política con un proyecto nacional. De ahí que enarbole el maniqueo slogan “Que se vayan todos”. Por último, salvar el “relato de noviembre 2020”, “la gesta” bicentenaria, cuando la “progresía” limeña gritó “golpe” y movilizó la muchachada tirapiedras de siempre por el Centro de Lima para “cargarse” con violentas marchas callejeras el gobierno de Manuel Merino.
Por
fortuna, hace tiempo La República
dejó de ser el periódico serio que fue durante la dictadura de Alberto Fujimori
en la década de 1990 para convertirse en el pasquín poco vendido de hoy.
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