Porky, fuera

 

Parece una broma de mal gusto, pero fue real, de acuerdo a las notas informativas publicadas en los diarios El Comercio y La República.

La Municipalidad Metropolitana de Lima envió recientemente un oficio a la Autoridad del Transporte Urbano para Lima y Callao (ATU) para que el automóvil oficial del alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, pueda transitar en la pista segregada de los buses del sistema de transporte público Metropolitano. De acuerdo con la solicitud, la comuna capitalina alega que López Aliaga necesita llegar a tiempo para sus actividades oficiales y el caótico tráfico vehicular en la ciudad se lo impide. La ATU no ha respondido.

Conforme a los protocolos de la ATU, en la pista segregada del Metropolitano pueden transitar excepcionalmente ambulancias, camiones del Cuerpo General de Bomberos Voluntarios y patrullas de la Policía Nacional. De ninguna manera, los vehículos oficiales de altos funcionarios públicos. López Aliaga deseaba un privilegio que ni siquiera tiene la Presidenta de la República.

A través de un comunicado oficial (con el membrete de la Municipalidad Metropolitana de Lima), López Aliaga negó la existencia del oficio y disparó sus habituales improperios contra los medios de comunicación críticos (por supuesto, la televisora privada Willax y los diarios Expreso y La Razón no están incluidos), a quienes -delirantemente- culpó por el caótico tráfico vehicular limeño. No podían faltar sus ataques contra la empresa constructora brasileña Odebrecht, a la cual culpa de “prácticamente, todo”.

Con esa solicitud a la ATU, López Aliaga nos está demostrando cuánto nos desprecia como ciudadanía. No le interesa en lo más mínimo que muchísimos conductores o pasajeros puedan permanecer horas atorados en el endiablado tráfico limeño. Quería su carril para él solito. Al fin de cuentas, tampoco le interesa la difícil situación de las madres de las Ollas Comunes, a quienes les prometió dinero y les regaló cuyes enjaulados. Así como “insulta” nuestra inteligencia publicitando obras públicas que no existen o promocionando “las primeras cuatrocientas” motocicletas de las diez mil prometidas para el Serenazgo.

En el pasado critiqué durísimo a los antecesores de López Aliaga: Luis Castañeda, Susana Villarán y Jorge Muñoz. Sin embargo, admito que ninguno de ellos se atrevió a tanto ni mostró tanto desprecio hacia limeños y limeñas (me incluyo, porque siempre defendí el derecho de López Aliaga a ser candidato) como este megalómano, quien fue elegido en 2022 para la Alcaldía de Lima con sólo 26.34% de votos válidos y está esperando las elecciones generales de 2026 para tentar otra candidatura presidencial y, por si acaso, una candidatura senatorial.

En redes sociales se estaría organizando un colectivo ciudadano para comprar planillones ante la Oficina Nacional de Procesos Electorales y recolectar firmas para activar la consulta popular de revocatoria del mandato. Aunque dudo mucho que lo consiga (el Congreso la hizo más restringida en 2014), si hubiese votación, entusiastamente, votaría SI para que se vaya este “fatuo”.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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