Gracias al Congreso tenemos dos nuevos feriados en el calendario cívico: el 07 de junio que conmemora la Batalla de Arica de 1880 en la guerra contra Chile y el 23 de julio, día de la muerte del teniente José Abelardo Quiñones en la guerra de 1941 contra Ecuador.
A parte de demostrar ignorancia económica (estos feriados elevan los costos salariales en el mercado laboral), también evidencian ignorancia de muchos congresistas, tanto “de izquierda” como “de derecha”, en nuestra Historia: no es posible asemejar la heroicidad de Quiñones con, por ejemplo, la heroicidad del almirante Miguel Grau o el coronel Francisco Bolognesi (héroes nacionales por excelencia) ni tampoco equiparar la guerra contra Chile entre 1879 y 1883 con la guerra de 1941 contra Ecuador.
En primer lugar, la guerra de 1941 la empezó el Perú sin declaración oficial. Al margen de la historiografía peruana, influenciada por los militares, lo real y concreto fue que las tropas peruanas cruzaron la frontera ecuatoriana: una marcación de facto desde 1936. Al fin de cuentas, no era la primera vez que soldados peruanos invadían Ecuador. Entre 1857 y 1860 el mariscal Ramón Castilla ordenó el bloqueo naval a la costa ecuatoriana, la ocupación de Guayaquil, el derrocamiento del presidente ecuatoriano Francisco Robles, la intervención en la guerra civil allá jugando a dos bandas entre el general Guillermo Franco y el abogado Gabriel García Moreno y la firma de un tratado de paz que no sería aceptado en Lima ni en Quito.
Hasta la década de 1990, Ecuador temía militarmente al Perú. Ni siquiera en 1879 los chilenos consiguieron persuadir al dictador ecuatoriano Ignacio de Veintimilla que atacase el Perú por el norte mientras ellos atacaban por el sur. En 1941 Perú se aprovechó de su superioridad bélica y la debilidad política interna del Ecuador (la creciente represión por el impopular gobierno de Carlos Alberto Arroyo del Río) para agredir. Perú no perdió la guerra, porque hubiera sido una vergüenza perder un conflicto armado que nosotros iniciamos.
Como esta guerra sólo pertenece a la memoria de quienes la vivieron, la heroicidad de Quiñones no tiene la misma grandiosidad que tuvieron Grau o Bolognesi. Quiñones pasó a la historia por sacrificar la vida al estrellar su avión bombardero impactado (pudo haber saltado) contra un punto ecuatoriano de armamento antiaéreo. Aunque su gallardía no es despreciable, el sacrificio no cambió el curso de la guerra.
¿Cuál es el problema real?. Cuando se impone una celebración cívica que la ciudadanía no conoce ni comprende, la vacías de contenido y simbolismo. El feriado cívico se convierte en un pretexto para no trabajar o cobrar remuneración extra, nada más. Si los congresistas creen que por aprobar feriados nacionales (no me extrañaría que pronto haya un proyecto de ley para declarar feriado el 04 de noviembre, el inicio de la rebelión de Túpac Amaru II en 1780) la ciudadanía se hinchará de patriotismo y les aplaudirá, están muy equivocados.
La
ciudadanía sabe qué conmemorar y, por desgracia, el 23 de julio no está
incluido.
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