El año pasado el periodista Christian Hudtwalcker aludió en su programa dominical de televisión una encuesta de opinión.
El sondeo fue realizado por la encuestadora IEP en julio de 2021, publicado por el diario La República. Tengo muchos reparos con las muestras poco representativas de esa encuestadora, pero sirve como punto de partida para este análisis. De acuerdo con las cifras de entonces, el Congreso recién instalado, salido de las elecciones generales de ese año (nadie cuestionó esos resultados), cuyos ciento treinta congresistas no habían escogido siquiera la Mesa Directiva de la Cámara, ya tenía 76% de desaprobación.
No hay resultados de otros sondeos demoscópicos similares en esos días, pero si aceptamos validez a aquella encuesta de opinión, existe un gran porcentaje de ciudadanos y ciudadanas a quienes no les interesa lo que haga o deje de hacer el Congreso ahora: simplemente, rechazan su existencia. Tal opinión sería coincidente con la tradicional cultura política peruana, que siempre ha sido “anti-parlamentaria”. No obstante, habría un elemento adicional.
El 30 de septiembre de 2019 el infausto gobierno de Martín Vizcarra estiró como plastilina la Constitución de 1993 y forzó la disolución de la Cámara para “cargarse” el Congreso. Según encuestas de opinión posteriores, la gran mayoría de peruanos y peruanas aplaudió la decisión. El psicópata que nos desgobernó treinta meses afianzó ese “anti-parlamentarismo”: hizo creer a muchísima gente que sí es factible “cerrar el Congreso” y que ese “cierre” era el triunfo de una “lucha popular” por “un mejor Perú”. Al contrario, la democracia restaurada en 2001 quedó “dañada” al haberse “cargado” la voluntad popular libremente expresada en las ánforas y el Congreso extraordinario elegido en 2020 fue peor que el anterior, pero las creencias colectivas son tercas ante la razón individual. Creencias, además, alentadas políticamente (“el pueblo” nos exige el “cierre del Congreso”) durante dieciséis meses por el gobierno de Pedro Castillo.
Por desgracia, para muchísimas personas el Congreso ya es un sitio de “componendas”, “intereses particulares” y “corrupción”, sin importar quiénes lo integren. ¿Qué ocurriría si, en las próximas elecciones generales, un candidato presidencial populista y, a la vez, calculador decide no presentar lista parlamentaria y hacer campaña prometiendo que activará el proceso constituyente para “transformar las instituciones”, comenzando con el Congreso, porque los congresistas rehúsan aprobar reformas constitucionales contra sí mismos?.
Pregunto, ¿qué creen que ocurriría con ese candidato?. Podría ganar en la primera vuelta electoral o, mínimo, hacerse de una primera mayoría de votos y ganar cómodamente en el balotaje. En ese escenario, ¿qué harían quienes, dentro y fuera del Congreso, creen que todo es problema de falta de comunicación, aprobación de leyes populistas o elección de unos por otros?.
Creo la
Constitución de 1993 está “muerta” y sólo estamos esperando su sepulturero,
cuya excusa principal para enterrarla sería el Congreso.
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