Ruptura ("ESPECIAL")

 

Quien escribe fue afín a los sectores “de derecha” peruanos los últimos cuatro años.

En concreto, desde el inicio de la pandemia viral COVID-19 en 2020 bajo el nefasto gobierno de Martín, pasando por el “bochinche” callejero en noviembre de 2020 que “se cargó” el gobierno de Manuel Merino y las “atípicas” elecciones generales de 2021 hasta el sectario gobierno de Francisco Sagasti y los dieciséis meses del incompetente, corrompido e ideologizado gobierno de Pedro Castillo. Después de la sucesión constitucional de 2022 me fui alejando, pero hoy rompo toda cercanía o afinidad con esos sectores “de derecha”.

Como he reiterado en el pasado, hace mucho tiempo soy liberal: filosóficamente, creo en la libertad como supremo valor moral. Defiendo la democracia, las instituciones, el imperio de la ley y los derechos humanos. También la iniciativa privada, la propiedad privada, la apertura comercial, la libertad de empresa, la competencia y la cooperación social. En los últimos veintitrés años he estado, a veces, cerca o tenido mayor afinidad con sectores “de izquierda”. Otras veces, con sectores “de derecha” 

Sin embargo, hace varios años rompí (solapadamente) con sectores “de izquierda”. Simplemente, no tienen ninguna idea, ningún postulado, ningún principio..., nada con lo cual pueda identificarme. Como bien señaló el politólogo Alberto Vergara Paniagua, los sectores “de izquierda” renunciaron a todo y sólo les queda el anti-fujimorismo: una corriente de pensamiento político tan anacrónica y retardataria que ya se ha convertido en un obstáculo para la estabilidad, la prosperidad y el bienestar de Perú.

Ahora rompo con sectores “de derecha”. Con excepciones (no es correcto generalizar), han renunciado a todo en defensa de intereses particulares. No creen -o quizá nunca creyeron- en la voluntad popular libremente expresada en las ánforas (por más que se llenen la boca con la palabra “democracia”), las instituciones (las tuercen o quieren torcerlas, por ejemplo, con reformas constitucionales “truculentas”) ni el imperio de la ley. Dicen defender la Constitución de 1993 (con la cual se hizo la transición a la democracia en los años 2000 y 2001), pero la violan impunemente o callan la violación de ésta cuando les conviene. Dicen luchar contra la corrupción administrativa, pero “apañan” a personajes venales. Dicen ser “anticomunistas”, pero pactan con “rojazos”. Dicen y repiten que a los sectores “de izquierda” no les interesa el país, pero ellos alientan propuestas demagógicas, engañosas, empobrecedoras o degradantes para el país. Dicen una cosa, pero pueden decir otra después y, posteriormente, una distinta.

Ya los sectores “de derecha” no me representan y, creo, hablar por muchos de quienes les votaron (no les voté), pero hoy están desilusionados o decepcionados. No obstante, ahí los tenemos: autocomplacientes, convencidos que están “salvando el país” de no se sabe qué o quién (aunque lo están arruinando), retroalimentados por extremistas extranjeros como el escritor argentino Agustín Laje o el euro-diputado español Hermann Tertsch, fantaseando que pelean una “batalla cultural” en el mundo, que a la gran mayoría de la ciudadanía no le interesa. Soberbios como nadie y, al mismo tiempo, incultos, acomplejados y amorales.

Parafraseando al célebre historiador español Gregorio Marañón, cuando veo, escucho o leo a algún conspicuo integrante de esos sectores “de derecha”, a mi mente viene una palabra: ASCO. Además, vergüenza y repugnancia, porque tuve simpatías por esos “escarabajos” (reproduciendo calificativos de Marañón) y por haber creído en ellos.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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