Todo está consumado. A partir de 2026 el Congreso retornará a su composición bicameral, como tuvo hasta el golpe de estado del 05 de abril de 1992.
Con 91 votos a favor, 30 en contra y una abstención, la Cámara aprobó la ratificación de la reforma a la Constitución de 1993 que restablece la bicameralidad. De acuerdo a la reforma constitucional, que deberá promulgar la Presidenta de la República, habrá un Senado con sesenta integrantes, mínimo, y una Cámara de Diputados con ciento treinta, también mínimo. Aunque la reforma tiene vacíos, permitiría a los actuales congresistas ser candidatos a senadores o diputados en 2026. Pronto empezarán los cambios normativos para implementar la bicameralidad.
De todas las iniciativas de reforma constitucional sobre la bicameralidad desde el retorno a la democracia en 2001, probablemente, la reforma aprobada es la menos desarrollada, la menos sofisticada. En principio, desdobla muchas funciones actuales de la Cámara Única. Necesariamente, habrá mayor debate y más cabezas participantes, porque serán dos cámaras legislativas y habrá más parlamentarios. La reforma constitucional tiene tres innovaciones: un nuevo Presidente del Consejo de Ministros no estará obligado a solicitar cuestión de confianza ante la Cámara de Diputados, las prórrogas al Estado de Emergencia requerirán aprobación del Senado y los presidentes regionales estarán obligados a concurrir a la Cámara de Diputados cuando ésta los convoque. En el último caso, los presidentes regionales no gustan de ir al Congreso.
No obstante, tanto se ha descompuesto el sistema político en los últimos años que está reforma es absolutamente insuficiente. Por ejemplo, no replantea las relaciones ejecutivo-legislativo, no corrige los defectos del diseño institucional y mantiene el extorsivo mecanismo de la disolución. Entonces, ¿por qué hay tanto político, tanto jurista prestigioso y tanto periodista listillo aplaudiendo la reforma constitucional o deshaciéndose en elogios por ésta?. Creo es la nostalgia por un pasado político idealizado que no volverá. Todos ellos evocan a aquellos grandes senadores o diputados de nuestra historia (también había demagogos, aventureros y ganapanes), pero ya son personajes ajenos al Perú actual.
Sin embargo, a políticos, juristas y periodistas que alentaron y lograron la bicameralidad para regresarnos a no se sabe dónde o cuándo, no les ha importado “cargarse” la voluntad popular libremente expresada en las ánforas. Ya es la segunda vez que las “elites” lo hacen (la anterior ocasión fue el 30 de septiembre de 2019) en veintitrés años, por lo que dudo muchísimo que la ciudadanía esté alegre o gustosa con esta reforma constitucional.
Recordemos que la pregunta sobre la bicameralidad en el Referéndum de 2018 obtuvo 9.49% por el SI y 90.51% por el NO. En esa época no vi a muchos de quienes hoy están felices con la bicameralidad aprobada haciendo campaña por el SI. La pregunta era sobre la bicameralidad como composición, no sobre tal o cual proyecto de reforma constitucional (al contrario de lo afirmado hoy), porque si no hubiese sido así, quienes decían defender la bicameralidad, pero votaron NO debieron apoyar SI y después haber pedido una reforma para “corregir la reforma”. No menciono la pregunta sobre la prohibición de reelección parlamentaria indefinida, cuya votación a favor fue abrumadoramente mayoritaria.
No me
alegra la bicameralidad restablecida y temo por el futuro. Cada vez me convenzo
que muchísimas personas liberarán sus rabias, frustraciones y fastidios que
están acumulando en las elecciones generales de 2026 y esta reforma
constitucional es combustible para la futura hoguera.
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