La fórmula mágica

 

De nuevo escuchamos desde la opinión pública o la sociedad civil pedidos para un “adelanto electoral”.

Ciertamente, personajes públicos como Marisol Pérez Tello, ex congresista y ex ministra de Justicia y Derechos Humanos (quien siempre me ha parecido respetable), son libres de proponer las soluciones políticas que consideren más convenientes para el país, pero los demás somos libres para criticar. Obviando que el adelanto de las elecciones generales programadas para 2026 requiere una reforma constitucional que la mayoría del Congreso no aprobaría o la renuncia de la Presidenta de la República para activar una sucesión constitucional, se instale un Gobierno interino y convoque a comicios (con la controversia jurídica sobre si serían generales o sólo presidenciales, porque la Constitución de 1993 no es específica) no sucedería, ¿qué lograríamos con un “adelanto electoral”?

En serio, pregúntense o pregunten a quienes abogan por esa iniciativa. ¿Qué lograríamos con un “adelanto electoral”?. Muy probablemente, no ganaría los comicios el candidato presidencial “ideal” para quienes alientan una salida electoralista. Muy probablemente, ese candidato ganador no tenga mayoría parlamentaria y el Congreso esté más “atomizado” que nunca. Bajo un diseño institucional pervertido, degradado y violentado, muy probablemente, se reinicie la confrontación política entre los poderes Ejecutivo y Legislativo. ¿Qué habría cambiado políticamente en el país desde 2018 cuando cayó el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski?.

Asumiendo que se instalase un nuevo Congreso, muy probablemente, estará desprestigiado desde el inicio. Si, finalmente, se aprobase la reforma constitucional sobre la bicameralidad y la reelección parlamentaria inmediata (rechazadas por voto popular libre en el Referéndum de 2018), el descrédito será mayor. Como habrá quedado el precedente de recortar mandatos para volver a las ánforas, no sorprendería que un año o año y medio después haya quienes pidan otra vez un “adelanto electoral”. Bienvenida la inestabilidad política y el desplome institucional.

Los promotores de la solución electoralista ignoran o no aceptan que todo el sistema político se está descomponiendo (por ejemplo, es inconcebible que al año de iniciado sus mandatos, muchos gobiernos regionales y locales tengan altísima desaprobación ciudadana) y esta crisis institucional crónica no se resolverá con “fórmulas mágicas” como obligándonos a votar una ronda más (las sobrevaloradas PASO) ni cambiando unos rostros por otros (quítate tú para ponerme yo) sino con consensos reformistas que no existen hoy ni existirán mañana, desgraciadamente.

En el abanico de “fórmulas mágicas”, existe una que empieza a ser atractiva políticamente y puede convertirse electoralmente en popular, además de bastante conveniente para las ambiciones políticas de ese nuevo caudillo que el contexto y las circunstancias están creando: el proceso constituyente.

Con tristeza, decepción y pesimismo por Perú, ya sólo diviso en el futuro un nuevo caudillo y el final de la democracia restaurada en 2001.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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