Podríamos decirles el “trío calavera”, porque traían un mensaje de odio, división y enfrentamiento.
Hablamos de tres personajes que acaban de presentarse en un aula cualquiera de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. El más conocido, el abogado Aníbal Torres, a quien el gobierno de Pedro Castillo convirtió, primero en Ministro de Justicia y Derechos Humanos y, después, en Presidente del Consejo de Ministros. Acompañado del sociólogo Héctor Béjar, antiguo guerrillero sesentero, a quien Castillo tuvo como Ministro de Relaciones Exteriores hasta que la Marina de Guerra “se lo cargó”. Por último, Duberlí Rodríguez, ex diputado, abogado y quien en años más recientes presidió la Corte Suprema de Justicia.
Torres apeló -una vez más- al discurso burdo de “lucha de clases” y la “violencia revolucionaria” para derrocar a la Presidenta de la República, cerrar el Congreso e iniciar un proceso constituyente que elabore una nueva Constitución. Paradójico viniendo de un defensor de la dictadura de Alberto Fujimori en la década de 1990 y quien se vende como “erudito del Derecho”. Béjar condenó el “golpe”. Mejor dicho, la destitución de Castillo por el Congreso, precisamente, por haber intentado él perpetrar un golpe de estado: el más torpe de la historia política moderna. Llamó a “abolir la República”. Tampoco es para sorprender viniendo de quien trabajó para la dictadura del general Juan Velasco Alvarado en la década de 1970.
No cuestiono que los tres sean de izquierda radical, pero Rodríguez presidió la Corte Suprema de Justicia. Por eso él diciendo ante ese esperpéntico auditorio “rojo” y “rojimio” que en las protestas callejeras no basta “lavar la bandera” sino deben “quemarse” ejemplares de la Constitución de 1993 es inaudito y hasta inconcebible. Por cierto, Torres, Béjar y Rodríguez fueron ovacionados por la clásica muchachada “roja” que quiere cambiar todo, pero no sabe bien qué.
Acepto que el “trío calavera” odie la Constitución de 1993. Quien escribe nunca le ha gustado (hoy más que ayer, creo, es mala), pero mientras esté vigente debo respetarla. Mal que bien, con la Constitución de 1993 el Perú transitó hacia la democracia en 2001 y con ésa se han regido diez gobiernos nacionales y siete congresos, además de muchísimos presidentes regionales, consejeros regionales, alcaldes y regidores. Quien escribe no rechaza una nueva Constitución, pero redactada y aprobada bajo los mecanismos institucionales presentes. Nada de violentar el ordenamiento jurídico ni “cargarse” la Constitución de 1993 en el proceso.
Quemar públicamente ejemplares de la Constitución de 1993 no es propio de quien diga creer en la democracia, las instituciones y el imperio de la ley. Una pregunta adicional: ¿cómo puedo creer que usted respetará una nueva Constitución si quema ejemplares de la actual?.
Si a corto
o mediano plazo vemos a las turbas de izquierda radical quemando ejemplares de
la Constitución de 1993, sería la demostración indiscutible que a “rojos” y “rojimios”
no les interesa ninguna norma sino solamente el poder.
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