Cuando alguien analiza fríamente los escritos del conocido abogado Aldo Mariátegui (tarea nada fácil) puede hallar dos constantes.
Primera, su odio enfermizo a la soberbia y ensimismada “progresía” limeña: esas elites políticas, intelectuales, académicas y artísticas que han influido significativamente en Perú desde el retorno a la democracia en 2001, pero que hoy están “de capa caída”. Segunda, su desprecio manifiesto hacia la voluntad popular libremente expresada en las ánforas cuando está no le gusta. Acá nos centraremos.
Cuando “Alditus” (así gusta llamarse Mariátegui) expresa que no le gusta tal o cuál autoridad elegida por voto popular va más allá que sólo pedir su revocación. Por ejemplo, en 2012 pidió públicamente la disolución de los gobiernos regionales (contra la letra y el espíritu de la Constitución de 1993), porque rechazaba a Gregorio Santos, el maoísta incendiario que dos años antes había sido elegido para presidir Cajamarca. Soberbiamente, Mariátegui tilda de “tarados” a quienes no votan como él desearía. “Electarado”, dice. Por supuesto, cuando los “tarados” sí votan como “Alditus” desea, ahí no son un “electorado”.
¿A qué viene la referencia a Mariátegui, el columnista “derechista” de opinión más significativo?. Precisamente, desde ocho atrás, en los sectores “de derecha” comenzó un desencanto con el voto popular. Nada de aceptar que el candidato o la candidata cometió numerosos errores en campaña que le costaron la victoria. No. Una “mano oscura”, ajena a las ánforas, decidió el resultado electoral (todavía espero que el periodista Hugo Guerra presente las “pruebas” que hubo “fraude” en las elecciones generales de 2016, como hace tiempo aseguró suelto de huesos ante el comunicador social Alfonso Baella Herrera) o, simplemente, es el “electorado”.
Este desencanto fue bastante notorio en las elecciones generales de 2021. Especialmente, en la red social X, entonces Twitter. Por ejemplo, los simpatizantes del economista Hernando de Soto se quejaban que en cualquier país del mundo su candidato sería elegido, pero no en Perú. La autocompasión de los simpatizantes del empresario Rafael López Aliaga era mayor, porque -según más de uno de ellos- este país jamás aceptaría ser gobernado por un hombre “decente” como él.
Creo, actualmente, en los sectores “de derecha” predomina la desconfianza -incluso el rechazo- hacia la voluntad popular si se expresa libremente en las ánforas. No hay ánimo de celebrar comicios libres. Eso explicaría el por qué dentro de ese esperpéntico proyecto de reforma constitucional para “cargarse” la Junta Nacional de Justicia en el Congreso “ilegítimo” exista la iniciativa que los jefes de los organismos electorales sean designados por el futuro Senado. Políticos designando a quienes se encargarán de celebrar comicios donde se elegirán políticos.
¿Existe un
“electorado”, como afirma Mariátegui?. No. Existen sociedades que erran al
elegir y lo hacen, porque no tienen “liderazgos sanos”, que no antepongan los
intereses egoístas al interés general. Ahí está el actual drama peruano.
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