Reflexión sobre el final de la democracia ("ESPECIAL")

 

Para el evento de la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) de este año vino a Perú el economista y politólogo británico James Robinson.

Robinson, uno de los ganadores del Premio Nobel de Economía en 2024, es experto en la influencia que tienen los regímenes políticos en el crecimiento económico y los índices de desarrollo. En declaraciones para la periodista Mávila Huertas en la radioemisora privada RPP, Robinson dijo algo que parece una verdad de Perogrullo: Alberto Fujimori destruyó la democracia peruana en 1992. Esta afirmación requiere una explicación.

En los últimos años los sectores “de derecha” han intentado reescribir la historia política reciente para, mínimo, “igualar” a Fujimori (fallecido el año anterior) con los primeros mandatarios que vinieron después de la transición hacia la democracia en los años 2000 y 2001. No hay comparación. La dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela tiene un esquema político de poder similar, casi idéntico al que tuvo Fujimori y nadie de los sectores “de derecha” duda en señalar que Maduro es un dictador.

En el extranjero, Fujimori es ampliamente aceptado como dictador, al margen que durante su dictadura se inició el proceso de pacificación contra el terrorismo comunista de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) y se implementaron reformas de mercado que transformaron la economía peruana. Si un intelectual ilustre como Robinson afirma que Fujimori fue un dictador, significa que los sectores “de derecha” perdieron la “batalla cultural”. Creo la tenían perdida de antemano.

¿Alberto Fujimori destruyó la democracia nacida de la Constitución de 1979?. Decir que él fue el único responsable es injusto. Fujimori fue la consecuencia de un régimen político que estaba perdiendo legitimidad a causa de la politización, la descomposición institucional y la corrupción administrativa. La democracia bajo la Constitución de 1979 comenzó a morir con el desastre económico y la violencia política. Cuando Fujimori -y no olvidemos a su asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos-, con las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, perpetró el golpe de estado del 05 de abril de 1992 (cierre del Congreso, intervención del Ministerio Público y el Poder Judicial, reorganización de la Contraloría General de la República, desactivación del Consejo Nacional de la Magistratura y el Tribunal de Garantías Constitucionales, renovación del Jurado Nacional de Elecciones y disolución de las asambleas regionales), exceptuando una minoría activa, la sociedad aceptó el final de la democracia. Muchas palmas aplaudieron el zarpazo (ningún golpe de estado en Perú ha sido “impopular” desde 1919), porque vieron que una dictadura era posible, deseable y hasta necesaria para “reconstruir el país”. Por supuesto, las dictaduras nunca son gratuitas y Perú pagó un precio altísimo: mega redes de corrupción como no habíamos visto en setenta años. Para bien y para mal, Perú cambió y también no cambió.

A veinticinco años de la Transición, corrigiendo a Robinson, una lección debe quedarnos: Fujimori no vino para sojuzgar a una sociedad amante de la democracia. Él llegó hasta donde llegó, porque muchísimos peruanos no estuvieron dispuestos a defender la Constitución de 1979, las instituciones y el imperio de la ley, por los motivos que tuvieran.

Al fin de cuentas, un régimen democrático puede existir sólo si hay demócratas que aún crean en éste.

 

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