Informe final de la CVR, 20 años

 

Se cumplieron veinte años del Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

Creada en 2001 durante la transición hacia la democracia, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (inicialmente, no incluía “Reconciliación”) tuvo como tarea documentar hechos, recopilar información y recoger testimonios de partícipes y víctimas sobre la violencia terrorista en el Perú entre 1980 y el año 2000. El propósito era condensar un relato verídico, coherente y creíble sobre una época violenta y dolorosa de terror, sangre y destrucción que pudiera difundirse a la ciudadanía y conllevara la reflexión de la sociedad sobre lo sucedido para evitar su repetición.

Veinte años después el Informe final ha sido tan olvidado como vilipendiado. Sectores “de izquierda” dejaron de reivindicarlo hace mucho tiempo y sectores “de derecha” cada vez que lo evocan es para denostarlo. El Informe final nunca tuvo carácter dogmático, no pretendió jamás convertirse en “verdad única”. Debía constituir un punto de partida para mayores investigaciones y análisis sobre los años de la violencia terrorista, también conocido como “conflicto armado interno”. En 2009 el documento titulado En honor a la verdad, elaborado por las Fuerzas Armadas, fue un gran logro. Sin embargo, tuvo una escasa difusión y el Informe final poco a poco fue relegado, pese a que sus recomendaciones aún son actuales.

¿Por qué el Informe final no satisfizo a casi nadie?. Habiendo leído y re-leído un par de veces la versión abreviada del Informe final llamado Yuyanapaq, creo ambos extremos del espectro ideológico nunca aceptaron que la Comisión de la Verdad y Reconciliación considerase los años de la violencia terrorista como un proceso de continuidad histórica, no como un episodio aislado en el devenir histórico del Perú.

Para sectores “de izquierda”, haber señalado el Informe final que la violencia terrorista en las décadas de 1980 y 1990 fue influida por la ideologización izquierdista de la década de 1970 implicaba abandonar los discursos políticos sobre “redistribución de la riqueza”, “justicia social” o “lucha de masas”, porque la pobreza o la exclusión social nunca fueron suficiente fermento para la aparición del terrorismo comunista.

De otro lado, para sectores “de derecha”, el Informe final pulverizaba su “relato heroico” sobre “valientes” y “patrióticos” uniformados que vencieron a unos “rojos” enloquecidos alzados en armas contra una república feliz. La ideologización sí caló en parte de la población rural o urbano-marginal con demandas sociales largamente postergadas, que en su momento no pudieron canalizarlas los anarquistas, el APRA, el Partido Comunista de línea moscovita, el “desarrollismo” de Fernando Belaunde o la dictadura del general Juan Velasco Alvarado. Aceptar esa continuidad histórica significa aceptar que parte de esos males sociales todavía no han sido resueltos.

Veamos como país lo que somos, no lo que creemos que somos. Mientras no lo hagamos, el Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación será un texto para el archivo.

 

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