Definitivamente, el Congreso ha tocado fondo en el desprestigio, el descrédito y la inmoralidad desde el retorno a la democracia en 2001.
Andrea Vidal era una joven abogada, quien hasta meses atrás trabajaba en la Oficina de Asuntos Legales y Constitucionales del Congreso. Viajaba en un taxi por el distrito limeño de La Victoria cuando fue interceptaba por varios hombres armados quienes dispararon al automóvil. El taxista murió, pero ella quedó grave. Tras subsistir varios días en la unidad de cuidados intensivos de un hospital público, Vidal murió.
Según denuncia del periodista Humberto “Beto” Ortiz, Andrea Vidal fue contratada por Jorge Torres Saravia, jefe de la mencionada oficina administrativa del Congreso. Este hombre milita en las filas partidarias del empresario y presidente regional de La Libertad, César Acuña, el “curaca Acuña”, pero está vinculado al ex congresista Luis Valdez. Torres Saravia habría contratado a Vidal el año anterior para que ella, a su vez, reclute bellas señoritas como “secretarias” o “asesoras”, pero que realmente “atenderían” a caballeros en el Congreso. Mejor dicho, sería un servicio de prostitutas entre cuyos clientes estarían congresistas varones.
De acuerdo a la denuncia de Ortiz, Torres Saravia habrían exigido a Vidal que ella también “atienda” a los caballeros y, al negarse, fue despedida. Parece que la joven abogada estaba decidida a contar la verdad ante los medios de comunicación cuando fue mortalmente herida y después falleció. ¿Hablamos que Torres Saravia (quien tiene antecedentes penales contra la libertad sexual de otra mujer) o alguien más pagó sicarios para matar a Vidal?. Asco.
En el impopular e “ilegítimo” Congreso, la revelación sobre la supuesta red de prostitución no ha causado mucho revuelo. Ni siquiera entre las congresistas mujeres. Torres Saravia niega todas las acusaciones, pero ya existe una investigación preliminar en fiscalía. También hay un pedido ante la Comisión Permanente para que se forme un grupo investigador, pero nadie confía en éste. No obstante, en la opinión pública y los medios de comunicación, este escándalo político no sólo provoca repulsión sino es señal inequívoca de que la imagen del Congreso está irremediablemente dañada y no habrá manera de repararla. Para la gente común y corriente, el Congreso no es más que una guarida de “bandidos”, “sinvergüenzas” y “delincuentes”.
Para la gran mayoría de la ciudadanía, por muchísimo tiempo, la palabra “Congreso” evocará a esos hombres y esas mujeres, quienes encarnan la soberanía popular, pero roban el sueldo a sus empleados, hacen negocios ilícitos con el presupuesto público, legislan en favor de intereses políticos o particulares, violan impunemente la Constitución de 1993, pervierten las instituciones y socavan el imperio de la ley, despilfarran el erario público o son simples gandules que tienen un sueldo y unos beneficios que jamás soñaron y no volverán a disfrutarlos durante el resto de sus vidas. Contra esa percepción en el imaginario colectivo no hay forma de luchar.
Quienes crean que la putrefacción del Congreso desaparecerá cambiando unas personas por otras o cuando funcionen las nuevas cámaras legislativas “ilegítimas” están equivocados. Si todo el diseño institucional en el país está podrido hasta el tuétano, incluido el Congreso, no queda otra alternativa que “refundar” las instituciones y el imperio de la ley.
Por
supuesto, esta “refundación” institucional no podría realizarla el mal llamado “primer
poder del estado”. Por desgracia, sólo podría hacerla un proceso constituyente.
He ahí un importante tema para la próxima campaña electoral. Mientras tanto, ¡feliz
navidad a ustedes!.
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