Recordando la Revolución de 1894

 

Hace ciento treinta años fue el inicio de un proceso político, hoy poco recordado, pero significativo en el devenir de Perú: la Revolución de 1894.

Los antecedentes se remontan al general Andrés Avelino Cáceres, héroe de la guerra contra Chile, quien triunfó en la Revolución de 1884 derrocando al general Miguel Iglesias y disolviendo la Asamblea Constituyente. Restableció la Constitución de 1860 (suspendida en 1879), pero Cáceres gobernó como amo y señor del país. En 1890 dejó un delfín en la Presidencia de la República, que debía guardarle la silla: el general Remigio Morales Bermúdez. Sin embargo, antes de terminar el mandato cuatrienal, Morales Bermúdez falleció. Debió sucederle el ex senador Pedro Alejandrino del Solar, pero Cáceres maniobró para que asumiera el diputado Justiniano Borgoño. Violando la Constitución de 1860, Borgoño cerró el Congreso y celebró los comicios más “sucios” hasta entonces (no habría elecciones libres hasta 1931), por los cuales Cáceres regresó al poder

Fue la gota que colmó el vaso para la opositora Coalición Nacional, integrada por el Partido Civil, los demócratas de Nicolás de Piérola (gran caudillo político) y caceristas disidentes. Civilistas y partidarios de Piérola depusieron sus enconos mutuos y organizaron cuadrillas de guerrilleros o “montoneras” en distintas provincias del país para enfrentar al ejército de Cáceres. Piérola estaba desterrado en Chile desde 1891 y decidió regresar a Perú zarpando desde Iquique. Desembarcó en Puerto Caballas, cerca de Pisco, el 24 de octubre. El 04 de noviembre publicó el “Manifiesto de Chincha” aceptando liderar la naciente revolución contra el despotismo de Cáceres, en “defensa de la libertad electoral y el sufragio libre” y para “restablecer el orden y el imperio de la ley”.

Piérola viajó después a Cañete, donde se reunió con el liderazgo coalicionista. Después se fue a Huarochirí para organizar la campaña armada sobre Lima. A inicios de 1895, tras durísimas batallas, las montoneras entraron en Arequipa, Cusco, Moquegua y Puno. Sólo faltaba Lima. Piérola dispuso el ataque sobre Lima para el 17 de marzo mediante tres batallones acatando por el norte, el centro y el sur de la ciudad capital. Los enfrentamientos armados en Lima fueron muy sangrientos y destructivos. Por ejemplo, la Capilla de San Agustín perdió una de sus torres del campanario, a consecuencia de un disparo de cañón. El 17 de marzo Piérola ingresó a Lima cabalgando con sus huestes por la antigua Portada de Cocharcas.

Dos días después muertos y heridos en Lima se contaban por miles y el cuerpo diplomático se reunió con Cáceres en el palacio presidencial consiguiendo una tregua de veinticuatro horas. Se cuenta que allí el Nuncio Apostólico dijo a Cáceres “Señor, renuncie. Hasta las piedras lo odian”. Aunque sus tropas estaban mejor armadas y había tenido pocas bajas respecto a las montoneras, Cáceres entendió que Lima estaba a favor de Piérola y los coalicionistas. Finalmente, se firmó un armisticio entre el senador Luis Felipe Villarán (representante de Cáceres) y Enrique Bustamante y Salazar (representante de Piérola), ex constituyente de 1884. Acordaron la renuncia de Cáceres, la instalación de una Junta de Gobierno presidida por el senador Manuel Candamo y la celebración de comicios. Indiscutiblemente, Nicolás de Piérola alcanzaría la Presidencia de la República y con él se iniciaría un régimen político oligárquico, que duraría hasta 1919.

Aunque comenzó una larga época inédita de traspaso del poder político pacífico, ordenado, periódico y constitucional (no se repetiría hasta la transición hacia la democracia en 2000 y 2001), no se cumplió la principal bandera política de la Revolución de 1894: elecciones libres. Esto no desmerece que un liderazgo fuerte, la unión de fuerzas políticas y un objetivo común sí pueden cambiar el rumbo de un país.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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