Una interrogante está presente en salas de redacción periodística de los medios de comunicación: ¿cómo es posible que la dirigencia política esté tan desacreditada?.
Todas las encuestas de opinión evidencian que, desde la Presidenta de la República pasando por ministros y congresistas hasta presidentes regionales y alcaldes, son abrumadoramente rechazados. ¿Cómo es posible que -salvo excepciones- no se percaten que, más allá de la tendencia política, son detestados y repudiados?. Hemos visto crecientes manifestaciones callejeras contra varios de ellos. Quien escribe ha comenzado a sentir repugnancia por muchos de ellos.
Basándome en la psicología y apelando a los antecedentes inmediatos, podría clasificar a estos políticos en tres tipos: primeros, los convencidos que quienes les rechazan en las calles o los lugares públicos son una “minoría” intolerante e intransigente, pero una gran mayoría “silenciosa" les apoya. Acá están los auto-considerados “demócratas” o “grandes demócratas”, como gusta decir al periodista Hugo Guerra. Me viene a la mente los congresistas Alejandro Cavero o Patricia Chirinos o el alcalde de Lima, Rafael López Aliaga. Volverán a la realidad cuando se sometan al veredicto de las ánforas en 2026 y vean que no obtengan los votos suficientes ni para una senaduría o una diputación.
También existen quienes sí se percatan del rechazo ciudadano masivo, pero responsabilizan a otros o piensan que pueden “contentar” a una minoría que les garantice suficientes votos para una senaduría, diputación o alcaldía. Aquí están también los “demócratas” y los auto-considerados “patriotas”. Evoco, por ejemplo, al congresista José Cueto, quien públicamente culpó a los medios de comunicación y las redes sociales por su impopularidad y la impopularidad de sus colegas, o el vocero presidencial (por cierto, entre 2001 y 2002 el gobierno de Alejandro Toledo tuvo un vocero, el recientemente fallecido psicólogo Carlos Urrutia, pero a quien después éste nombró embajador peruano en Caracas), quien “amenazó” públicamente a los periodistas si éstos seguían diciendo que la Presidenta de la República fue recibida a piedrazos en Piura.
Por último, están quienes se percatan del rechazo ciudadano masivo, pero no les importa. Hablamos de los más sinvergüenzas, cínicos y malhechores. Aquí están los congresistas señalados de haber delinquido o el “sucio” Ministro del Interior. Sienten que tienen “poder” y lo aprovechan al máximo. Son quienes menos escrúpulos tienen para pervertir la democracia restaurada en 2001, degradar la institucionalidad y socavar el imperio de la ley.
Todos estos políticos carecen de perspectiva histórica. No comprenden que, más temprano o más tarde, el péndulo político girará hacia el otro extremo y serán ellos quienes clamarán contra quienes perpetren abusos y tropelías desde el poder.
En el
contexto de Argentina, el periodista Pablo Rossi ideó el concepto de “Erotismo
del poder” para definir a aquellos políticos argentinos que están enamorados
del poder que ostentan. Tal concepto es perfecto al caso peruano.
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