Ejercicio ucrónico

 

Pregunta: ¿era inevitable la caída del gobierno de Pedro Pablo Kuczysnki en marzo de 2018?.

Si usted me dice sí, dígame desde cuándo era inevitable: ¿cuándo la mayoría fujimorista en el Congreso denunció que hubo una “compra de votos” para evitar la destitución en la Cámara meses antes?, ¿cuándo Kuczysnki concedió el indulto humanitario al ex dictador Alberto Fujimori?, ¿cuándo la Comisión Bartra empezó a investigar la denuncia sobre el fideicomiso extranjero de Kuczysnki en relación al “escándalo Odebrecht”, la mega-corrupción de la empresa constructora brasileña en el Perú entre 2005 y 2014?, ¿cuándo la mayoría fujimorista en la Cámara denegó la primera cuestión de confianza al gabinete ministerial en 2017?, ¿cuándo los fujimoristas se auparon en la nefasta huelga magisterial de 2017 para debilitar más a Kuczysnki y su Gobierno?, ¿cuándo los fujimoristas se empecinaron en censurar al entonces ministro de Educación, Jaime Saavedra, pretextando un caso de corrupción administrativa del cual hoy nadie se acuerda?.

Por mi parte, no tengo certeza. Como escribió el periodista Umberto Jara, el desenlace se gestó en los días posteriores a la segunda vuelta electoral presidencial en 2016. Creo no es, como afirman los sectores “de izquierda”, que doña Keiko F., ex congresista, hija mayor de Fujimori y lideresa del fujimorismo, no aceptara su derrota electoral, porque sí la aceptó, pero a regañadientes. No, fueron las voces mezquinas, oportunistas e interesadas que rondaron la cabeza de Doña Keiko, que alimentaron en ella el orgullo herido, el resentimiento y el deseo de venganza contra quienes ella creía “le arrebataron la victoria”. En primera fila, por supuesto, estaba Kuczysnki.

En sectores “de derecha” se auto-complacen pensando que Doña Keiko y el fujimorismo fueron “extremadamente complacientes” con Kuczysnki y su Gobierno, pero no fue así. Ahí están para la posteridad, reseñados o retratados por los medios de comunicación, las actitudes soberbias, las declaraciones altisonantes y los gestos prepotentes de quienes pensaron tenían “el derecho a gobernar”. Fueron personajes como los siniestros asesores Ana Vega y Pier Figari o los entonces congresistas Luis Galarreta, Lourdes Alcorta, Héctor Becerril, Rosa Bartra, Daniel Salaverry, Cecilia Chacón y Yeni Vilcatoma quienes sentaron al volante de una retroexcavadora a Doña Keiko y encendieron el motor. Ella sólo pisó el acelerador y se llevó por delante a Kucyznski, su bancada, su hermano menor Kenji, su anciano padre, la democracia restaurada en 2001, el país, etc.

¿Los acontecimientos pudieron ser distintos?. Creo sí. Imagínese que Doña Keiko hubiese actuado con la madurez política que no tenía entonces y hubiera dicho algo así días después del balotaje: “Señor Kuczysnki, lo felicito por su triunfo. Un buen Gobierno necesita de una mayoría en el Congreso y usted no la tiene. Por eso le ofrezco el apoyo total de mis congresistas durante tres años a todas sus iniciativas, excepto en temas de conciencia. No pido ocupar ministerios ni entidades públicas. Sólo le pongo tres condiciones: aplique parte de nuestro plan de gobierno (Plan Perú), tenga tolerancia nula con la corrupción administrativa y aléjese de las izquierdas”.

Quizá Kuczysnki no hubiese aceptado tal propuesta, no sé, pero Doña Keiko hubiese beneficiado enormemente a la estabilidad política del país si, sólo, la hubiera planteado. Si en 2016 no fue su momento, lo hubiese podido ser cinco años después. Suficiente tiempo para desarmar el anti-fujimorismo.

Por desgracia para el Perú, aquello que pudo ser no será nunca.

 

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