Las turbas de izquierda radical no cesan en ocasionar caos y zozobra en el país.
Aunque cada vez están más lejos de conseguir sus exigencias políticas (la renuncia de la Presidenta de la República, el cierre del Congreso, la convocatoria inmediata a elecciones generales y el inicio de un proceso constituyente), estos “rojos” azuzan a las masas para cometer acciones cada vez más violentas y delincuenciales. Siempre con la misma metodología: bloqueo de calles o carreteras, destrucción de propiedad pública y privada, intentos de dañar infraestructura (como el asalto a aeropuertos) o campamentos mineros si los tienen cerca, amenazas a la ciudadanía renuente para que se pliegue a las protestas, agresión a reporteros y camarógrafos de los medios de comunicación y enfrentamientos salvajes con la Policía Nacional buscando heridos y muertos.
Departamentos como Arequipa, Cusco, Puno, Madre de Dios (completamente, aislado), Ica o Tacna están a merced de las turbas de izquierda radical. Otros departamentos como La Libertad, Apurímac o Ayacucho están en tensa calma. La frustrada “toma de Lima” no ha desanimado a cientos de manifestantes del interior para venir a Lima (no sabemos bien dónde quedaron quienes llegaron primero), no a protestar pacíficamente. Hasta corresponsales extranjeros se ha percatado cuando han escuchado a los manifestantes iracundos corear su grito bélico “¡Ahora sí, guerra civil!”. Por ahora el campo de batalla son las calles del Centro de Lima.
Sin embargo, lejos de ganar apoyo ciudadano, estas violentas protestas están polarizando a la sociedad: estás a favor, estás en contra. “¡Ahora sí, guerra civil!” contiene un mensaje político muy ideologizado, mezcla de clasismo, racismo, anti-limeñismo y anti-liberalismo. Un mensaje cargado de odio y rabia, alimentado por la propaganda política y la agitación de masas, disfrazadas de comentario u simple opinión. Aparentemente, financiado por el narcotráfico, la minería ilegal o el contrabando. Quienes están con palos, piedras, bombas artesanales, etc., listos para enfrentarse a policías, creen sinceramente que están “luchando por sus derechos”, “luchando por el pueblo”. Gritan “guerra civil”, pero no consideran siquiera que las Fuerzas Armadas jamás permitirían que el país se hunda en la anarquía. Ojalá que cuando se percaten qué es la “violencia revolucionaria” y que luchan en nombre de una ideología asesina, no sea demasiado tarde para ellos.
El país está perdiendo miles de millones de soles con estas violentas protestas. Los alimentos escasean en varias ciudades del sur y los precios de primera necesidad han subido en Lima. Miles de empresas se están arruinando, lo que generará mayor desempleo. Para las turbas de izquierda radical, estamos en un “escenario pre-revolucionario": la lucha debe continuar hasta que la democracia restaurada en 2001 y el modelo económico heredado de la década de 1990 se “derrumben” para que emerja una “Junta de Gobierno” y comience la “refundación del país”. Si correrá mayor cantidad de sangre en este proceso político, es el precio de la historia.
No cabe lugar para titubeos, indecisiones o intereses particulares. Espero la soberbia y ensimismada “progresía” limeña entienda que la izquierda radical jamás le agradecerá nada y la eliminaría despiadadamente si pudiese. Espero comprendan los “centristas” que la izquierda radical no dialoga ni negocia, sólo gana tiempo. Espero aprendan los sectores “de derecha” que el comunismo engaña, roba y, especialmente, mata.
Tal vez no
lo crea o no recuerde, pero el Perú vivió a fines de la década de 1970, después
de la dictadura del general Juan Velasco Alvarado, la existencia de una
izquierda radical convencida de haberse quedado a puertas de alcanzar todo el
poder y hacer la revolución y el país sobrevivió. También sobrevivirá esta vez.
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