Una pregunta me viene a la mente: ¿pensó alguna vez el ex dictador Alberto Fujimori sobre cómo serían sus funerales?, ¿qué hubiera deseado?.
A lo largo de los años, muchos académicos o periodistas trataron descifrar la personalidad de Fujimori. Aunque siguió siendo un enigma, algo de su perfil psicológico conocemos. Podríamos inferir, más o menos, qué hubiera preferido.
Acorde con su vanidad, Fujimori sí hubiera querido “funerales de estado”. Más allá del decreto supremo declarando tres días de duelo nacional, laborable, no hubo “funerales de estado”, como en 1988, 2002 y 2006 (averigüe de quiénes fueron): el cuerpo del ex dictador no fue velado en la Catedral de Lima, el Palacio Legislativo ni el Palacio de Gobierno. Tampoco sus restos fueron trasladados en una carroza jalada por caballos en el Centro de Lima ni la Presidenta de la República acompañó el cortejo fúnebre. Fujimori fue velado en el Salón Nazca del Museo de la Nación, mismo recinto donde fueron velados los restos de muchos artistas o personalidades no-políticas destacadas cuando fallecieron. Como se afirmó varias veces desde Torre Tagle: a Fujimori no le correspondían "funerales de estado" por haber perpetrado el golpe de estado del 05 de abril de 1992. Al final, el Gobierno nacional le organizó unas honras fúnebres “para él”.
Fujimori también hubiera deseado que multitudes y multitudes de personas fueran a honrar sus restos cuando falleciera. No ocurrió. Ciertamente, hubo filas de seguidores que fueron a darle el “último adiós”. No hay nada que reprocharles. En la década de 1990 la dictadura de Alberto Fujimori gozó de mucha popularidad durante bastante tiempo. Cada una de esas personas tuvo sus motivos para acercarse. A quienes sí les reprocharía fueron a los pocos “desubicados” que protestaron afuera de la Museo de la Nación. A quien escribe le enseñaron una lección de vida: a los muertos déjenlos descansar en paz. Será Dios quien, finalmente, los juzgue.
Sin embargo, a la gran mayoría de la ciudadanía, el velatorio de Fujimori, a puertas abiertas, le fue indiferente. Los medios de comunicación dieron demasiada cobertura al suceso. Probablemente, la muerte del ex dictador fue un tema comentado en muchas reuniones familiares o sociales cuando la noticia fue difundida, pero nada más. ¿Por qué?. Alberto Fujimori forma parte del pasado. Ejemplo: por más jovencitos, nacidos o crecidos en la democracia restaurada en 2001, que se declaren “fujimoristas” o “anti-fujimoristas”, ninguno de ellos tiene recuerdos sobre los años de la dictadura y sólo sabe algo por lo que leyó u oyó por ahí. El tiempo es inmisericorde.
En contraste con la ausencia de grandes muchedumbres, en los funerales de Fujimori abundaron los políticos. Políticos “de derecha”, por supuesto. No creo que el ex dictador hubiera deseado homenajes de quienes siempre despreció por naturaleza. Fujimori fue la quinta esencia de la “anti-política” en Perú. Odiaba a todos los políticos y los partidos o movimientos políticos. Fue su hija mayor, Doña Keiko, ex congresista y tres veces candidata presidencial, quien armó la actual estructura partidaria “de derecha”. Ver a políticos al lado del féretro de quien “se cargó” el sistema de partidos políticos en Perú, el 05 de abril de 1992, fue un espectáculo obsceno.
Los
funerales de Fujimori tienen un sabor a acto político de quienes se tildan “demócratas”,
pero se aferran a la imagen de un ex dictador fallecido, como un ebrio se
aferra a su botella de licor vacía. No descarto que hayamos presenciado los
funerales de los sectores “de derecha”.
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