Hace rato se oye un clamor desde los medios de comunicación hacia el Congreso.
La opinión pública está clamando que el Congreso (al cual considero “ilegítimo” desde que “se cargó” la voluntad popular libremente expresada en el Referéndum de 2018 aprobando esa “cochinada” de reforma constitucional para restablecer la bicameralidad) apruebe otra reforma a la Constitución de 1993 para prohibir que todo sentenciado penalmente por el Poder Judicial pueda acceder a cualquier cargo de elección popular o de confianza, aunque haya cumplido su condena.
La jurisprudencia del Tribunal Constitucional (no confío en los magistrados constitucionales, porque también han comenzado a violar la Constitución de 1993) señala que este tipo de normas prohibitivas genéricas (no contemplan casos individuales) atenta contra principios y garantías jurisdiccionales. Especialmente, la rehabilitación del reo y su reinserción en la sociedad. Sin embargo, el clamor continúa para que la Cámara apruebe en primera votación el dictamen de la reforma constitucional y se le cierre el paso a una candidatura presidencial del ex mayor Antauro Humala, quien estuvo preso por la asonada de Andahuaylas en 2005, por ejemplo.
No obstante, en el Congreso hay un par de bancadas que no querrían votar esta reforma constitucional: una “de derecha” y otra “centrista”. Quienes insisten con la prohibición están aterrados con la remota posibilidad que “Antaurito” gane las elecciones y llegue al poder. Paradójicamente, en vez de “hacer política” exponiendo a “Antaurito” como el fracasado redomado y el “perfecto imbécil” que es, se esperanzan en normas prohibitivas inconstitucionales y anti-democráticas. ¿Por qué esas bancadas parlamentarias no quieren votar la reforma constitucional sobre la “prohibición”?, ¿será que sí quieren enfrentar políticamente a “Antaurito”?.
Creo los líderes políticos de aquellas bancadas, quienes serían candidatos presidenciales y, al mismo tiempo, candidatos al Senado, quieren apelar a la “estrategia del cuco”. En pocas palabras, desean que “Antaurito” postule para que este lunático asesino de policías atemorice a una parte del electorado, mientras canaliza la rabia y la frustración de otra parte del electorado. Ambos líderes desean ir a una segunda vuelta electoral con “Antaurito”, convencidos que para cualquiera de ellos sería facilísimo ganarle.
Esta “estrategia del cuco” es la máxima expresión del menosprecio de ciertos políticos hacia la ciudadanía. Subestiman la inteligencia del electorado, al mismo tiempo que explotan sus miedos y resentimientos. Apelar otra vez al “cuco” para que corramos a votar por “el salvador de la Patria” ya es inmoral. Además, tras las elecciones generales de 2021, la “estrategia del cuco” ya ni siquiera es efectiva.
Como, a
veces, nadie sabe para quién trabaja, la “estrategia del cuco” podría terminar
favoreciendo a un tercero, quien con un discurso disruptivo y una imagen más
atractiva (o menos atemorizante) vencería fácilmente a “Antaurito” si éste
estuviese en el balotaje y ganaría las elecciones.
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