Réquiem constitucional

 

En la liturgia de la Iglesia Católica, la “misa de réquiem” (misa de difuntos) es un ruego por las almas de los muertos que se celebra antes del entierro o en conmemoraciones.

La ceremonia realizada en el hemiciclo del extinto Senado dentro del Palacio Legislativo para conmemorar los treinta años de la Constitución de 1993 (casi un mes después de la fecha) y homenajear a los integrantes (aún vivos) del Congreso Constituyente Democrático (CCD) durante la dictadura de Alberto Fujimori parecía la misa por un difunto, cuyos dolientes se quejan de cuando estuvo vivo y, además, tienen parte de responsabilidad por haberlo matado.

La Constitución de 1993 no “cambió la Historia”, como ridículamente repiten algunos “merluzos” en sectores “de derecha”, pero sí nos sirvió para la transición hacia la democracia en los años 2000 y 2001. Bajo la Constitución de 1993 se han regido -de buena o mala gana- diez gobiernos nacionales, seis parlamentos y numerosas autoridades regionales y municipales, además funciona una justicia y se celebraron comicios, referendos u otro tipo de consultas populares.

Por desgracia, apetitos políticos, mezquindades y cegueras ideológicas empezaron por “estirar como chicle” la Constitución de 1993 para forzar sus límites primero y, posteriormente, violarla sin pudor. El único activo de la Constitución de 1993, la legitimidad de ejercicio, se está perdiendo, porque autoridades, dirigencias y opinión pública invocan el cumplimiento de la norma constitucional y después callan ante violación impune de ésta. ¿Qué puede pensar al respecto la ciudadanía común y corriente?.

A su vez, la incisiva predica clasista enarbolada por la izquierda radical durante los dieciséis meses del incompetente, corrompido e ideologizado gobierno de Pedro Castillo se materializó en la Constitución de 1993. En el Congreso se escucharán palabras bonitas sobre la Constitución de 1993, se dirá que ésta necesita reformas (lo cual contradice la premisa política sobre “que cambió la Historia”) y bla, bla, bla, pero cómo convences a quien cree que es el texto constitucional de “los ricos, los corruptos y los vende-patria”. Además, la importante votación por un candidato incendiario de izquierda radical en las elecciones generales de 2021 (por más “edulcorado” que después intentaron venderlo sus promotores fortuitos) reflejaría que una mayoría de la ciudadanía quiere cambios significativos y la Constitución de 1993, con todos sus defectos notorios, equivale al status quo.

A quienes -por ejemplo, el escritor Víctor Andrés Ponce- creen que la Constitución de 1993 “se quedará para siempre”, pregúntense cuántos ciudadanos de a pie, para quienes la norma constitucional se ha convertido en “papel mojado”, están dispuestos a defenderla -incluso en las calles- cuando un próximo caudillo con amplio respaldo popular la sepulte y alumbre una nueva, como ha pasado casi siempre en nuestra historia.

Las ceremonias nada valen si no regresamos a la valoración de las instituciones y el imperio de la ley para defender la vida, la libertad y la propiedad.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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