Breve historia de la lucha anticorrupción ("ESPECIAL")

 

¿Dónde están esos políticos, intelectuales, artistas, deportistas y activistas sociales “de izquierda” que antes veíamos marchando o protestando contra las actos de corrupción administrativa?, ¿dónde están quienes otrora “lavaban la bandera nacional” o convocaban coloridas marchas (con mucha presencia juvenil) en el Centro Histórico de Lima contra los políticos “corruptos”?.

Volvamos hacia los años de la transición a la democracia: 2000, 2001, 2002. En esa época la necesidad de la lucha anticorrupción estaba a flor de piel. Veníamos de descubrir las elaboradas redes de corrupción de la dictadura de Alberto Fujimori. Del asesor de inteligencia Vladimiro Montesinos, sobre todo. Mayoritariamente, la opinión pública era consciente que los fenómenos de corrupción política, corrupción judicial y, sobre todo, corrupción administrativa, que existían en el Perú desde la dominación española y se habían mantenido en toda la vida independiente del país, habían alcanzado el mayor grado de venalidad y latrocinio concebibles. En la política, los medios de comunicación, la academia, la sociedad civil, etc., creo había un genuino deseo mayoritario de luchar contra la corrupción. Por supuesto, siempre hubo una minoría cínica a quien la moralización pública no le interesaba. Recuerdo esos años y siento un poco de nostalgia.

Esta realidad comenzó a cambiar cuando en 2008 estalló el “escándalo petro-audios” durante el gobierno de Alan García. Fue entonces cuando en los sectores “de izquierda” levantaron las cejas y vieron que la lucha anticorrupción era también una forma efectiva de atacar políticamente al adversario. Así fue percibida por muchas personas. Fue en esos años que se popularizó aquel refrán conformista  “Roba, pero hace obra”. Sin embargo, el estallido del “escándalo Odebrecht” en 2015 (la “operación Lava Jato” y las redes de mega-corrupción de las empresas constructoras brasileñas en el Perú) lo cambió todo. Conscientes que sus adversarios políticos “atacarían”, en los sectores “de derecha” no se les ocurrió mejor idea que envolverse también en el “ropaje anti-corrupción”, en nombre de una (falsa) moralización.

Empezaron los años de la “judicialización de la política”. Sombríos años, donde a gran parte de la ciudadanía y las élites dejó de importarles el crecimiento económico y el desarrollo humano. Dejó de importarles la democracia, las instituciones y el imperio de la ley. Dejó de importarles la educación, la salud, la seguridad ciudadana, etc. Sólo les importaba “meter presos a los corruptos”. Especialmente, si esos “corruptos” son los adversarios políticos. Así cayó el gobierno de Pedro Pablo Kuczysnki en 2018. Después el gobierno de Martín Vizcarra se envolvió completito en la lucha anticorrupción, pero con la finalidad de concentrar más poder político y ganar mayor popularidad: por eso el Referéndum de 2018, las comisiones presidenciales Wagner y Tuesta, haberse “cargado” el Congreso el 30 de septiembre de 2019, etc.

Con ayuda de grandes medios de comunicación y sectores “de izquierda”, que creyeron haber logrado una gran “victoria política” sobre sus adversarios, el “psicópata” que nos desgobernó treinta meses se erigió en el “cruzado anticorrupción”, mientras promovía la corrupción política y judicial y cometía sus actos de corrupción administrativa. Por eso cuando en 2020 el Congreso le destituyó e instaló el gobierno de Manuel Merino, los sectores “de izquierda” vendieron estos sucesos como un “triunfo de la corrupción” y alentaron la reacción. Por eso el apoyo electoral de esos sectores “de izquierda” el año pasado al “hombre sin sombrero”, cuando entonces vestía sombrero, era “vital” para que “no ganara la corrupción” y él ocupara la Presidencia de la República.

¿Con qué rostros podrían ahora esos pseudo-moralizadores, que ayudaron a llevar al poder a un personaje amoral e instalar su hediondo Gobierno, alentar marchas y protestas anticorrupción?. Mejor optaron por el silencio y el escondite. Algo de vergüenza les queda.

 

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