Espejo ecuatoriano

 

Ecuador es y siempre ha sido un país convulso. Si antes era convulsión política, ahora es por la criminalidad.

Las imágenes de los últimos días son espeluznantes. Bandas criminales han desatado el terror. En Guayaquil, criminales armados capturaron por varias horas los estudios de una televisora privada, con rehenes incluidos. Hubo ataques armados contra una universidad, centros comerciales, hospitales, etc., además de motines carcelarios. La violencia criminal también se ha desatado en las ciudades de Quito, Cuenca, Esmeraldas, Loja y Machala.

Hace tiempo Ecuador sufre el embate de bandas criminales, compuestas de delincuentes ecuatorianos, colombianos y venezolanos, que se cree son “empleados” de los carteles mexicanos del narcotráfico en la ruta del tráfico de drogas hacia los Estados Unidos y Europa. Aparte del narcotráfico, estas bandas participan en secuestros, extorsiones, asaltos, sicariato, contrabando, etc. Hace bastante tiempo que se apoderaron de las cárceles ecuatorianas, cuentan con explosivos y armamento de guerra, no tienen escrúpulos en matar o destruir y se han hecho muy poderosas en el país. A consecuencia de la debilidad institucional y las crisis políticas, los gobiernos de Lenin Moreno y Guillermo Lasso fueron incapaces para enfrentarles.

Apelando a la Constitución de 2008, el gobierno de Daniel Noboa decretó el “estado de guerra”, porque considera que Ecuador vive un “conflicto armado interno” contra bandas criminales consideradas “terroristas”. Por tanto, ordenó a los militares restablecer el orden interno, conforme al Derecho Internacional Humanitario. ¿Por qué toda esta terminología me suena familiar?.

En Perú los acontecimientos ecuatorianos no han pasado desapercibidos. El Presidente del Consejo de Ministros anunció el cierre de la frontera norte con Ecuador, el Estado de Emergencia en todos los departamentos fronterizos y el despliegue de contingentes militares para reforzar los pasos fronterizos. Sin embargo, hay quienes en la opinión pública y la ciudadanía se han asustado ante la posibilidad que las bandas criminales aquí, compuestas de peruanos y venezolanos, desaten el terror en ciudades como Trujillo o Chiclayo e, incluso, en algunos distritos de Lima y Callao. Afortunadamente, estas bandas todavía no tienen aquí las capacidades logísticas y armamentísticas para imitar a sus pares ecuatorianos.

No obstante, si continúa cierta inacción en seguridad y orden interno, no estaríamos lejos del espejo ecuatoriano. No solamente por criminales dedicados a la minería ilegal (recientemente, un contingente policial fue atacado por criminales armados en Pataz, departamento de La Libertad), la tala ilegal o el narcotráfico sino por delincuentes en las ciudades, como quienes en Lima robaron las armas de reglamento a la custodia policial del hijo de la Presidenta de la República.

Cuánto más involucione la situación de seguridad y orden interno en Perú, el deseo colectivo por un “hombre fuerte” al poder y el discurso de la “mano dura” influirán crecientemente en las próximas elecciones generales.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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