¿Dónde están los demócratas? ("ESPECIAL")

 

Es paradójico que haya políticos, intelectuales, periodistas u otros, a ambos lados del espectro político, que se definan “demócratas”, pero sus conductas son totalmente “anti-demócratas”.

¡He ahí el gran signo de estos tiempos!. Para entender el presente debemos regresar al pasado para comprender cómo nació la democracia en Perú.

El origen de la democracia en Perú está en la denominada “República Aristocrática”, aquel régimen político oligárquico nacido de la Revolución de 1894, pero cuya característica fundamental fue el traspaso institucional, pacífico y periódico del poder: hasta ese momento, inédito en la historia peruana. Ciertamente, el Partido Civil era hegemónico y controlaba el sistema electoral. El escritor Pedro Planas creía que este régimen oligárquico debió evolucionar hacia uno democrático, como había sucedido en Argentina con la legislación electoral de 1912 bajo el presidente Roque Sáenz-Peña. Sin embargo, los golpes de estado de 1914 y 1919 frustraron el proceso y volvió la dictadura, el “hombre fuerte” centralizando el poder.

Tras la caída de la dictadura de Augusto Bernardino Leguía en 1930, una nueva generación de intelectuales, quienes habían crecido bajo el régimen oligárquico e, incluso, fueron perseguidos por Leguía, enarboló -por primera vez- en Perú las banderas de la democracia: banderas que, sin mayores variaciones, se han mantenido hasta el presente.

La primera bandera: elecciones libres. Eso implicaba la consagración de la pureza del sufragio y el respecto a la voluntad popular libremente expresada en las ánforas. También la ausencia de opciones políticas proscriptas o marginadas (todas debían tener posibilidades reales de alcanzar el poder) y la existencia de entes comiciales autónomos y competentes. El primer paso fue el Estatuto Electoral de 1931, que permitió la celebración -por primera vez- de comicios libres.

La segunda bandera: la ausencia de los militares en la política o la disminución de la influencia militar en política. Se creyó era la única garantía que no habría más golpes de estado. No fue sino hasta la transición hacia la democracia en los años 2000 y 2001 cuando, por fin, se consiguió. Desde entonces, por ejemplo, no ha habido más gabinetes militares o ministros militares.

La última bandera: el bienestar colectivo, una condición sine qua non en cualquier parte del mundo. La democracia sobreviviría si conseguía mejorar la vida de la gran mayoría de peruanos y peruanos. De lo contrario, volvería la añoranza por la dictadura. Antiguamente, esta bandera era encarnada por quienes tenían lenguaje populista y reivindicados de un discurso de reformismo social. Hoy puede encarnarla la defensa de la iniciativa privada, la propiedad privada, la libertad de empresa, la apertura comercial y la cooperación social.

Por desgracia, desde 2016 estas banderas han sido pisoteadas. ¡Ya no interesa la voluntad popular libremente expresada en la ánforas!. Nos la podemos “cargar”, como los resultados del Referéndum de 2018. Otro ejemplo: el 30 de septiembre de 2019. Tampoco se ve mal ahora que los militares puedan hacer “pronunciamientos” o haya militares retirados en el Congreso legislando con fuerte impronta militarista. Por último, el Congreso ya no legisla para favorecer a las mayorías pasivas que les votaron sino a minorías activas que pueden favorecerles política o personalmente.

Parafraseando a Manuel Azaña, conocido político de la Segunda República Española (1931-1936): en estos casi veinticuatro años de democracia ininterrumpido abunda de todo, menos demócratas.

 

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