Más allá de calificativos

 

En 2018 el nefasto gobierno de Martín Vizcarra creó la Comisión para la Reforma Judicial. Realmente, al psicópata le interesaba un rábano la administración de justicia, pero creyó que ganaría mayor popularidad.

Para presidir la comisión fue nombrado Allan Wagner, embajador de carrera y ex Ministro de Relaciones Exteriores. Cuando tiempo después la comisión presentó su informe con propuestas de reforma para la administración de justicia, Wagner recorrió los medios de comunicación para explicar las recomendaciones. Recuerdo haber oído a Wagner en la cabina de la radioemisora privada RPP con Fernando Carvallo, Patricia del Río y Aldo Mariátegui. Mientras Carvallo y Del Río preguntaban a Wagner cómo ayudarían esas reformas en la lucha anticorrupción, Mariátegui sólo preguntaba si esas propuestas no beneficiarían a los “progres”.

Para personajes “de derecha” como el abogado Mariátegui (por no mencionar a los gamberros del colectivo La Resistencia o extremistas como el periodista Luciano Revoredo y su portal web La Abeja, por ejemplo) los “progres” (en el Perú los llaman “caviares”) se han vuelto una obsesión enfermiza: ven “progres” por todos lados, ven “progre” todo a su alrededor. Una cosa es criticar a la soberbia y ensimismada “progresía” limeña, aquellas elites venales con influencia política, intelectual, académica y mediática, y otra distinta es desautorizar a cualquiera considerado “progre”. Mejor dicho, una cosa es reprochar la conducta de esas elites “progres” y otra diferente es condenar a alguien por ser “progre”.

Cada quien es libre de pensar como desee. Erra, perfecto. Discrepo de ese pensamiento, genial. Ideas se combaten con ideas, no con epítetos. Por ejemplo, quien escribe odia el comunismo como ideología, no a los comunistas como personas. Además, harta esta guerra político-ideológica, riquísima en epítetos, pero pobrísima de argumentos y raciocinio, en la cual todos hemos caído. Por supuesto, desde sectores “de izquierda” no se quedan atrás, pero como en el Perú no calan los motes de “facho” o “neoliberal”, a diferencia de otras latitudes, el epíteto favorito es “fujimorista” como sinónimo de “anti-demócrata” para contraponerlo al “anti-fujimorista” que sí sería “demócrata”. ¡Háganme el favor!.

Si usted cree en las libertades de opinión, pensamiento y creencia, no le queda más que juzgar a las personas por sus conductas. Si una persona es inmoral o antiética, no lo es por ser “de izquierda” o “de derecha”. Simplemente, es mala persona. Si un político, un empresario, un periodista, un militar o quién sea cometió un crimen, no interesa si es “de izquierda” o “de derecha”. Solamente, que se cumpla la ley.

Quien escribe no cree ser una voz solitaria en el desierto sino una más entre muchas, quienes se han cansado de ese fuego cruzado de calificativos que, por desgracia, ha contaminado nuestra sociedad hace varios años.

Tal vez alguien dirá: no me importa, porque no soy “progre” o “fujimorista”. Hoy son esos epítetos, pero mañana podrían ser otros y, quizá, sea tarde para alzar las voces en contra.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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