Para el periodista chileno José Rodríguez Elizondo, Perú ha vivido tres grandes traumas a lo largo de su historia.
Una de éstas es la conquista española del Tahuantinsuyo a partir de 1532. El siguiente trauma es la guerra contra Chile, entre 1879 y 1883. Más reciente, otro trauma es la violencia terrorista en las décadas de 1980 y 1990. Todos esos acontecimientos cortaron la historia peruana “a cuchillo”. Quien escribe sumaría un trauma más: la pandemia viral COVID-19 entre 2020 y 2021. Cualquiera que sepa observar, investigar y analizar descubrirá que Perú ha cambiado después de tan impactante acontecimiento.
Recientemente, el diario Perú21 publicó varios suplementos sobre la pandemia, a cuatro años del inicio. En la actualidad, hay un consenso que el balance fue negativo: murieron directa o indirectamente por el virus alrededor de doscientas treinta y seis mil personas, la cifra per cápita más alta del mundo. Además, decenas de personas sufren secuelas físicas por el contagio. Muchísimos hogares se arruinaron económicamente. Miles de empresas quebraron. Demasiados sueños se rompieron. Predominaron el dolor, el llanto y la frustración. Emergió un país descreído, resentido y enojado.
Aunque hay discrepancias en cuanto a responsabilidades, casi todos acusan al nefasto gobierno de Martín Vizcarra, que vio la pandemia como la oportunidad única para la concentración de poder, el protagonismo político y la corrupción administrativa. Miles de millones de soles del erario público gastados, pero se compraron pruebas de detección del virus “basura”, faltaron unidades de cuidados intensivos, faltaron ventiladores mecánicos y respiradores artificiales, faltaron plantas de oxígeno medicinal, faltaron mascarillas sanitarias, faltó el equipamiento adecuado para médicos y enfermeras, etc. Imágenes de pilas de cadáveres embolsados en las morgues de los hospitales públicos es el retrato perfecto de la pandemia. ¡Cómo olvidar toda la oscura negociación con China para la adquisición de las vacunas chinas de bajísima calidad!.
No obstante, el suplemento de Perú21 omite una verdad de entonces: el abominable papel de los medios de comunicación. Exceptuando tiempos de dictaduras, quien escribe no tiene recuerdo o conocimiento de una “hegemonía comunicacional” tan asfixiante: todo eran aplausos y loas al “psicópata” que nos desgobernó durante treinta meses, porque “él” nos iba a salvar del virus. Ni una sola crítica, ni una sola discrepancia. No condenaron los abusos y las arbitrariedades bajo el infinito Estado de Emergencia ni se inmutaron con el show de las mentiras al mediodía del “psicópata” o sus conferencias de prensa en el Palacio de Gobierno con las preguntas escogidas previamente.
Difícilmente, Perú21, comparsa entonces del “psicópata”, mencionará el vergonzoso rol mediático (ahora los medios de comunicación “se enjuagan”, como hicieron entre 2000 y 2001, los años de la transición a la democracia), pero no debemos olvidarlo.
Bien o mal,
la pandemia viral COVID-19 es parte de nuestra historia y nuestra memoria.
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