Conatos de revueltas o focos insurreccionales que surgieron en el país después del 07 de diciembre se han ido aplacando. La excepción: Puno.
En Puno la izquierda radical continúa con la propaganda política y la agitación de masas, con la consecuente presencias de turbas bloqueando carreteras, paralizando actividades económicas, destruyendo propiedad pública o privada y atacando a la Policía Nacional. Ni siquiera la presencia de las Fuerzas Armadas ha sido muy disuasoria. En Puno las turbas de izquierda radical, donde hay campesinos aimaras, con negocios ilícitos como minería ilegal, narcotráfico o contrabando detrás, siguen en sus trece con la misma plataforma política: la renuncia de la Presidenta de la República, el cierre del Congreso, el adelanto electoral inmediato y el inicio del proceso constituyente.
¿Por qué Puno?. Tal vez para hallar una explicación profunda debamos remontarnos al pasado, más allá del 07 de diciembre cuando cayó el gobierno de Pedro Castillo. A semejanza de los cusqueños, quienes se sienten herederos del señorío del Cusco, origen del Tahuantinsuyo, los puneños se consideran orgullosos descendientes de Tiahuanaco, aquella civilización altiplánica entre los siglos V y XIII. A este legado debemos sumarle la consciencia de muchos puneños que ellos no son como el resto de los peruanos, porque sufrieron explotación y marginación desde el Virreinato, que prosiguió con la Independencia hasta bien entrado el siglo XX. Por eso muchos puneños se siente más cercanos a la población altiplánica de Bolivia, con quienes comparten cultura, historia, comercio y problemática social.
Hace mucho tiempo que Puno es un departamento “contestario” frente a Lima, a la cual considera estuvo siempre contra los intereses de los puneños: primero defendiendo a hacendados y mineros contra los campesinos, después perjudicando la economía regional con la reforma agraria, el estatismo y el proteccionismo comercial. En Puno se mezclaron ideas anarquistas y, después, socialistas con cierto milenarismo indígena, pero cuya mezcla jamás fue regionalista (Arequipa sí lo es) o separatista. Hoy vemos a esas turbas de izquierda radical levantando la Wiphala indigenista y la bandera peruana.
A lo largo del tiempo varios nombres encarnaron esa actitud contestaria frente a Lima: desde el caudillo liberal y ex diputado Juan Bustamante durante la rebelión de Huancané en 1867, pasando por el coronel Teodomiro Gutiérrez, alias el “Rumi Maqui”, y el levantamiento campesino de 1915 para “restaurar” el Tahuantinsuyo, hasta los éxitos electorales del movimiento político izquierdista FRENATRACA en la década de 1980, liderado por el abogado Roger Cáceres, quien fue diputado, constituyente y senador. Aún no ha aparecido un personaje, ni siquiera de izquierda radical, que supla el vacío de liderazgo regional. Sólo hay charlatanes y oportunistas.
No dudo de la influencia política boliviana (preocupa que la milicia “Ponchos Rojos” pueda cruzar constantemente la frontera desde Bolivia) sobre esas hordas violentistas y fanatizadas en Puno, pero la desconfianza puneña hacia Lima es ancestral. Puno nunca apoyó mayoritariamente la dictadura del general Juan Velasco Alvarado en la década de 1970 ni tuvo gran simpatía por la dictadura de Alberto Fujimori en la década de 1990. En el Referéndum de 2010 sobre la devolución de aportes del FONAVI, Puno fue el principal departamento donde ganó el NO. ¿Cómo no iba a arrasar electoralmente en 2021 un candidato presidencial “rojazo”, extremista y demagogo?.
¿Cómo
cambiar esta realidad?, ¿cómo variar la vinculación entre Lima y Puno?. No es sencillo,
porque no hay “soluciones mágicas” a corto plazo.
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