Al fin, el “porno-filo” nuevo Presidente de la República nombró un gabinete ministerial, pero tan gris como él.
El único nombramiento rescatable es Hugo de Zela, diplomático de carrera en Torre Tagle, como Ministro de Relaciones Exteriores. La nueva Ministra de Economía y Finanzas es una “dócil” tecnócrata que nada, nada podrá hacer contra la farra populista del putrefacto Congreso, que amenaza aumentar más el gasto público, disparar el déficit fiscal e incrementar el endeudamiento externo. El nuevo Ministro del Interior (¡otro “sobre-valorado” ex-GEIN!) no me inspira confianza para la lucha contra la criminalidad organizada. El resto de ministros fueron funcionarios de rango medio durante el gobierno de Dina Boluarte o personajes políticamente vinculados a los sectores “de derecha” detrás del Gobierno interino.
Punto aparte es el nuevo Presidente del Consejo de Ministros. Ernesto Álvarez, jurista de profesión, otrora magistrado del Tribunal Constitucional, es un extremista “de derecha”. Si Su Excelencia quiso formar un “gabinete de reconciliación nacional” (démosle el beneficio de la duda), Álvarez y el discurso rabiosamente anti-izquierdista que tiene no lo encarnan. Cree, sinceramente, que cualquier protesta callejera, pacífica o violenta, izquierdista o no, es un acto subversivo, casi un resurgimiento del terrorismo comunista de las décadas de 1980 y 1990. Álvarez sería un “halcón”, quien ha aplaudido (casi) todas las tropelías y arbitrariedades cometidas por el putrefacto Congreso, incluido haberse “cargado” la voluntad popular libremente expresada en el Referéndum de 2018 con el restablecimiento de la bicameralidad.
En definitiva, Álvarez es un Presidente del Consejo de Ministros “de choque”. El Gobierno interino y el putrefacto Congreso cierran filas y, sobre todo, los sectores “de derecha” se endurecen. Están aterrados, hoy más que ayer y, posiblemente, mañana más que hoy, de que un futuro caudillo “de izquierda” triunfe en las elecciones generales del próximo año. A partir de ahora, a esos sectores “de derecha” no les importará nada más que evitar el “desenlace rojo”. Adiós valores morales, adiós principios éticos. Si deben, de una vez por todas, despedazar la Constitución de 1993 y “cargarse” la democracia restaurada en 2001, no duden que lo harán. Ya no les motiva Perú sino sus mezquinos intereses. Por eso tenemos voces furibundas como el periodista César Campos (una pena, porque le respetaba) chillando que ahora no sucederá en el país (mejor dicho, no pueden permitir que suceda) lo mismo que sucedió en noviembre de 2020.
La historia no se repite, pero se parece. Fue la antigua oligarquía (hacendados e incipientes industriales), egoísta hasta el tuétano, quien aplaudió el golpe de estado de 1968 y recibió aliviada la dictadura del general Juan Velasco Alvarado, porque odiaba el proyecto desarrollista del presidente Fernando Belaunde. Nadie pensó que la Revolución de las Fuerzas Armadas terminaría liquidando esa oligarquía.
Mucho
cuidado con el endurecimiento, porque la consecuencia podría no ser la
prevista.
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