El nuevo gamonal

 

El “hombre sin sombrero” que ocupa la Presidencia de la República sigue en la polémica.

Con los casos de corrupción administrativa envolviendo el putrefacto Gobierno nacional, que el Ministerio Público y el Poder Judicial persiguen, se filtraron algunas imágenes repudiables, captadas por la cámara de un teléfono celular, a los medios de comunicación: mientras recorría un caserío del departamento de San Martín, donde la multitud le gritaba “ladrón” y “corrupto”, el “hombre sin sombrero” se detuvo y mediante un gesto en el rostro, dos escoltas de la Policía Nacional se agacharon para atarle ¡los pasadores de los zapatos!, como si el imperfecto no pudiera agacharse y hacerlo el mismo. No habría sido la primera vez.

De inmediato, las imágenes se volvieron virales en las redes sociales provocando indignación y hasta furia de muchos usuarios. La Defensoría del Pueblo publicó un comunicado rechazando ese acto de menosprecio a la Policía Nacional. Tanto fue el escándalo político para un Gobierno en descomposición que, rápidamente, empezaron las justificaciones: es parte del protocolo de seguridad presidencial, fue una gentileza de los dos policías, el “hombre sin sombrero” no podía agacharse a causa del “chaleco anti-balas” (ahora resulta que fue “amenazado de muerte”), etc. Por la noche, a través de su cuenta en la red social Twitter, el “hombre sin sombrero” dijo que sufre de “lumbalgia” (pobre enfermito) y no podía agacharse, pero respeta a la Policía Nacional. Ya la gran mayoría de la ciudadanía no cree en la palabra del “hombre sin sombrero”.

Más de una persona en la opinión pública ha querido fungir de semiólogo e interpretar las imágenes, pero la mentada escena no es la emisión de un mensaje sino el reflejo de una realidad. Una ventana al microcosmos del “hombre sin sombrero”, donde actúa como un “gamonal”.

El hacendado de la sierra o “gamonal”, retratado en la literatura indigenista a inicios del siglo XX por escritores como Ciro Alegría o José María Arguedas, era un señor mestizo. No necesariamente adinerado, aunque sí dueño de grandes hectáreas de tierra agrícola: fuente de su poder local. Por eso el alcalde (a veces el gamonal también era alcalde), el comisario policial, el juez, el médico, el maestro y hasta el sacerdote católico de la pequeña localidad donde estaba la hacienda se subordinaban al gamonal. La ley no era para él (excepto si le beneficiaba) y disponía de capataces y peones para cumplir sus caprichos. Generalmente, era déspota, cruel, codicioso y egoísta. Nunca hablaba de inversión o ahorro en sus negocios sino de aumentar sus rentas o gastar más dinero en su vida.

Desde el primer día en el poder el “hombre sin sombrero” se ha comportado como un gamonal. Aunque habrá oído relatos sobre la injusticia de los gamonales, que habría alentando su espíritu subversivo (por eso se hizo comunista), en su interior, el “hombre sin sombrero” siempre deseó parecerse a un gamonal en cuanto a la riqueza material y el derroche de poder.

Si el “hombre sin sombrero” fuese un tipo culto, sabría cómo acabaron los gamonales.

 

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Noviembre 1992 / noviembre 2020

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