Hace poco vi en el Centro de Lima un joven leyendo Páginas Libres, libro publicado en 1894, por el conocidísimo escritor Manuel González Prada. Días después, por el distrito de San Isidro, vi otro joven leyendo ese libro. ¿Por qué la fascinación política de ambos por González Prada?.
González Prada nació en 1844, pero no en el seno de una familia obrera o artesana sino de ascendencia española, terrateniente y ligada al extinto Virreinato. El padre de este futuro azote de los políticos, la justicia y la autoridad fue vocal de la Corte Superior de Justicia de Lima y Alcalde de Lima. Este caballero que posaba de erudito estudió en el entonces Convictorio de San Carlos, pero no acabó su carrera de Derecho. Expresó haber tomado partido por los obreros, pero jamás abandonó su vida de comodidades burguesas. Sí, leía mucho, en una época donde poca gente sabía leer y escribir. Cuando en 1890 el general Remigio Morales Bermúdez quiso ofrecerle un cargo público, Gonzáles Prada dijo que él “no se vendía”. Sin embargo, en 1912 sí “se dejó comprar” por el presidente Guillermo Billinghurst, quien le nombró Director de la Biblioteca Nacional. Renunció tras el golpe de estado del 04 de febrero de 1914, pero volvió al año siguiente. No en vano el escritor Ricardo Palma lo apodó “Catón de alquiler”.
Los sentimientos de González Prada hacia Chile merecen tema aparte. El progenitor del anti-chilenismo en el Perú vivió en Chile durante sus años mozos, porque su padre fue desterrado allí por el mariscal Ramón Castilla en 1855. Durante la guerra iniciada en 1879, González Prada no se alistó a combatir sino en los batallones de la reserva de Lima cuando las tropas chilenas se acercaban a la capital. Estuvo en la Batalla de Miraflores de 1881, pero su participación estuvo lejos de ser heroica: su compañía debía custodiar los cañones en lo alto del cerro El Pino (en el actual distrito de La Victoria), pero cuando la derrota era inminente recibió la orden de volver a Lima y González Prada escapó entre bayonetazos. Cuando los soldados chilenos ocuparon Lima, se encerró en su casita y no salió en tres años. Supuestamente, como protesta. No obstante, a la hora de apuntar con su dedo acusador a quienes creía fueron responsables de la derrota militar ante Chile, González Prada era implacable. En realidad, la derrota fue el catalizador para liberar su resentimiento contra el Perú que tenía desde el destierro de su padre tras la Revolución de 1854.
Cuando un joven instruido piensa en González Prada se lo imagina gritando en el Teatro del Politeama, en 1888, delante del general Andrés Avelino Cáceres, su célebre frase “¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!”, pero realmente él nunca exclamó ninguno de sus discursos, porque su voz de pito hubiese arrancado carcajadas. En 1891 viajó a Europa y anduvo siete años visitando Francia, Suiza, Bélgica y España. En el último país, González Prada se hizo anarquista o “comunista libertario”: la misma España que ya sufría los estragos del terrorismo anarquista.
González Prada optó por la rama anarcosindicalista, pero él se volvió más extremista y sus discursos se tornaron virulentos. Aunque decía que para matar al presidente Nicolás de Piérola “bastaba un silbido”, le profesaba un odio patológico. Fueron en esos años cuando comenzó a despotricar de todo: la Iglesia Católica, la religión, la moral, la literatura, etc. Hay quienes creen que su ateísmo no provino de sus ideas anarquistas sino de su incapacidad para superar el dolor por la temprana muerte de sus dos primeros hijos. Su único hijo que sobrevivió se suicidaría en 1943.
Como estuvo
más cerca del político y filósofo francés Pierre-Joseph Proudhon que del filósofo
y revolucionario ruso Mijaíl Bakunin, el anarquismo de González Prada fue simpático
para futuros pensadores, pero este personaje nunca pasó de la “boquilla”
(cuando en 1899 le propusieron participar en política, se rehusó) y está lejos
de ser un referente político.
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