Disco rayado Odebrecht

 

Si usted sintoniza los programas políticos de la televisora privada Willax, oirá constantemente una palabra: Odebrecht.

El “escándalo Odebrecht” fueron los casos de mega-corrupción de la empresa constructora brasileña Odebrecht en América Latina, que en el Perú tuvo su episodio entre 2005 y 2014. Para hacer “buenos negocios”, Odebrecht no dudó en comprar políticos, burócratas, empresarios y hasta periodistas.

Sin duda, el “escándalo Odebrecht” en el Perú (junto a la trama corrupta de otras empresas constructoras brasileñas) marcó la política durante el presente siglo. Las procuradurías públicas, el Ministerio Público y el Poder Judicial aún no logran determinar los alcances de estas redes venales de negocios y las responsabilidades penales de todos sus implicados. Sin embargo, a ambos lados del espectro político, el “escándalo Odebrecht” ha sido convenientemente utilizado para destruir las carreras políticas o las reputaciones de los enemigos ideológicos.

Centrémonos en sectores más recalcitrantes “de derecha”. Políticos, intelectuales (si se les puede denominar así), periodistas o activistas no han tenido reparos en acusar a tal o cual adversario ideológico diciendo “¡Éste ha estado con Odebrecht!” o “¡Ése ha recibido plata de Odebrecht!” y pregonar que debiera estar en la cárcel, además de renegar de la democracia restaurada en 2001 (la cual tildan de “república progre”), porque ha sido “ensuciada” por Odebrecht.

Fue así como consiguieron, por ejemplo, la caída del gobierno de Pedro Pablo Kucyznski en 2018. El empresario y ex regidor metropolitano Rafael López Aliaga relanzó su carrera política denunciando cada rato a Odebrecht y así logró el año pasado ganar la Alcaldía de Lima.

No obstante, todo no es más que una pose. La etiqueta Odebrecht se ha convertido en una excusa política para vestirse de “moralizador” y un recurso político para atacar a los enemigos ideológicos. Actualmente, Odebrecht no tiene la influencia política que tuvo años atrás. Es una empresa desprestigiada, arruinada, cuyos dueños y ejecutivos están o han estado presos en Brasil y que aspira no perder sus pocos activos. Hay peligros muchísimo más graves.

Por ejemplo, esos sectores “de derecha” callan sobre China. En reciente libro publicado por Agustín Bartelli titulado El hambre del dragón: el plan de China para comerse el mundo, el periodista argentino describe cómo México, Colombia y Perú son los platillos más apetitosos en el menú latinoamericano del corruptor y rapaz imperialismo chino. Bartelli escribió sobre el puerto multipropósito de Chancay, en construcción desde 2019 por un consorcio chino como iniciativa privada (sin dinero público), pero cuyas externalidades negativas tienen fuerte impacto ambiental y social. También mencionó la voracidad de la flota pesquera china faenando ilegalmente en aguas peruanas (peligra una especie marina) o el sobrevuelo de globos de espionaje, con anuencia del Ministerio de Defensa.

Con la amenaza del imperialismo chino vienen Rusia y también Irán, pero acá seguimos con el disco rayado Odebrecht. 

 

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