07 de diciembre de 2022, un año después ("ESPECIAL")

 

Hace un año la democracia restaurada en 2001 iba a irse por el desagüe.

Hace un año el incompetente, corrompido e ideologizado gobierno de Pedro Castillo intentó dar un golpe de estado anunciando el cierre del Congreso, la intervención del Ministerio Público y el Poder Judicial, la desactivación de la Junta Nacional de Justicia y el Tribunal Constitucional, la convocatoria a elecciones constituyentes, un toque de queda en todo el país y la requisa de armas de fuego. Una caricaturesca reminiscencia del golpe de estado del 05 de abril de 1992.

Al final, el intento golpista se deshizo como pompa de jabón. La ausencia de respaldo ciudadano fue suficiente para que las Fuerzas Armadas precipitaran el final. El Congreso activó una nueva sucesión constitucional en la Presidencia de la República (la cuarta en cuatro años) y se instaló un nuevo Gobierno nacional para completar el mandato quinquenal. Sin embargo, un año después el panorama político, económico y social de Perú es diferente, pero no mejor.

Comencemos con lo político. Los sectores “de derecha”, que se autodenominan “bloque democrático” y vivieron dieciséis meses aterrados que se proclamase la dictadura y se desatase el populismo, el estatismo y el colectivismo, hoy están envalentonados. Espoleados por los discursos anti-izquierdistas del escritor argentino Agustín Laje, el eurodiputado español Hermann Tertsch o el ex ministro de Defensa boliviano Carlos Sánchez Berzain, se alucinan los “campeones del anticomunismo” y se sienten los nuevos “salvadores de la patria”. Pasaron de defender la Constitución de 1993 a defender el status quo y satisfacer intereses sórdidos. En este proceso evidencian una carencia total de ideas y una falta absoluta de empatía hacia el descontento popular. Cuando salgan de la burbuja de fantasía en la cual viven será muy tarde.

De otro lado, están las facciones de izquierda radical. Al margen de sus diferencias políticas o de otra índole, los “rojos” han eludido toda responsabilidad por los sucesos anteriores al intento golpista del 07 de diciembre. Vestidos con ropajes de virginidad, son implacables opositores a la Presidenta de la República y su Gobierno. Ahora sí fiscalizan, ahora sí critican, ahora sí convocan protestas. Sin embargo, más allá de minorías violentistas, son incapaces de reunir grandes movilizaciones ciudadanas. Quizá por eso, más de un “rojo” en el Congreso piensa que es mejor hoy "llevarse lo que pueda" en cuotas de poder, privilegios, etc., porque no habrá otra oportunidad.

A su vez, la soberbia y ensimismada “progresía” limeña, aquellas elites políticamente influyentes, que alcanzaron un protagonismo hegemónico bajo los gobiernos de Martín Vizcarra y Francisco Sagasti (artífices del “bochinche” callejero que “se cargó” el gobierno de Manuel Merino en noviembre de 2020) y son las principales responsables de haber llevado al poder un candidato presidencial incendiario de izquierda radical, a causa de sus odios y mezquindades. Marginada políticamente antes del 07 de diciembre, ahora la “progresía” limeña se nos vende como “fuerza centrista”, alejada de los “extremos”. Está desesperada por levantar un candidato presidencial, pero carece de respaldo popular y sólo le queda detener el declive de su influencia.

Finalmente, aunque la orientación económica volvió a 2021, la economía no remonta: baja inversión privada, baja generación de empleo, salarios estancados, cierta incertidumbre jurídica, etc. En lo social, se percibe rabia, frustración y desilusión en gran parte de la sociedad, que causan conductas individuales o colectivas anómalas.

Así está Perú: un año después de la intentona golpista.

 

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