Último artículo sobre el gobierno de Pedro Castillo, caído el 07 de diciembre. Un nuevo año debe significar un nuevo inicio.
Leo o escucho a varias personas lamentar que Castillo acabara mal. Creo que, sinceramente, esperaban algo distinto. La portada halagüeña del diario La República el 28 de julio de 2021 dice mucho: “Se inicia el Gobierno del Bicentenario”. Durante la campaña del balotaje presidencial y después hubo muchos personajes de la influyente “progresía” limeña o ajenos a la izquierda radical que nos repetían los tópicos: Castillo es un “maestro rural”, viene del “Perú profundo” y “desde abajo”, conoce mejor que otros políticos la realidad andina del país, jamás ha estado involucrado en actos de corrupción, puede convocar a los mejores profesionales para trabajar con él, no importa que sea “de izquierda” si “la izquierda” ha gobernado en Brasil o Uruguay, etc.
Entonces, ¿por qué Castillo terminó mal?. Culpar al Congreso, los sectores “de derecha”, el empresariado y los grandes medios de comunicación de haber estado detrás del Ministerio Público y el Poder Judicial es simplismo maniqueo para eludir responsabilidades. Castillo acabó como debía acabar: no había otra alternativa. Nunca fue el abnegado “maestro rural” que nos pintaron sino un sindicalista intransigente, conflictivo y violentista, como lo demostró cuando encabezó la huelga magisterial de 2017. Para entonces estaba vinculado al Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales (MOVADEF), heredero ideológico de los terroristas de Sendero Luminoso en las décadas de 1980 y 1990, pero sus defensores circunstanciales decían que era “terruqueo”.
Venir del “Perú profundo” y “desde abajo” no fue más que romanticismo ridículo. Suponer que el mundo andino es un prístino oasis de moralidad y comunitarismo frente a la “corrompida” e individualista modernidad occidental está bien para las novelas de Ciro Alegría o José María Arguedas, pero es falso. Castillo nos ha demostrado que en ese Perú rural hay ambición, latrocinio y nepotismo, donde se respeta menos que en las ciudades la democracia, las instituciones y el imperio de la ley. Precisamente, donde subsisten antivalores como el amiguismo, el compadrazgo y el padrinazgo era imposible que Castillo no fuese rodeado por arribistas o aduladores, quienes también se aprovecharon de su manifiesta ignorancia, su avaricia oculta y sus infaltables inseguridades.
La izquierda radical tuvo figuras relevantes en el pasado. Más allá de discrepancias, pero Alfonso Barrantes, Henry Pease, Javier Diez Canseco, Jorge del Prado, Rolando Breña Pantoja, Genaro Ledesma o Ricardo Letts tenían mayor prestancia, conocimiento y trayectoria política que alguien como Castillo. Aunque cueste admitirlo, la alianza Izquierda Unida en la década de 1980 era un “lujo” comparado con Castillo y todo lo que hemos visto en dieciséis meses y seguimos viendo hoy. Jamás hubo punto de comparación con Brasil o Uruguay.
Ciertamente, muchísimas personas que votaron por Castillo no tenía por qué conocer, entender o reflexionar sobre este personaje. Creyeron, de buena fe, en la imagen bucólica del “hombre del pueblo”. Son quienes mejor representan la desilusión, la rabia y la frustración por el desenlace del 07 de diciembre. Sin embargo, hubo quienes sí podían intuir o deducir lo que pasaría si Castillo y la izquierda radical llegaban al poder, pero no les importó. Sus odios menudos, sus apetitos personales o sus intereses de elite pudieron más. A todos ellos la Historia debe reservarles algunas líneas como parte de los responsables de lo que el Perú vivió y vivirá a futuro.
Por ahora
Castillo ha pasado a la historia como uno de los peores individuos que ocupó
alguna vez la Presidencia de la República.
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