Era 1912. El rico capitalista Guillermo Billinghurst
surgió como “candidato popular” frente al Partido Civil y el candidato de éste,
Antero Aspíllaga.
Billinghust había sido diputado y, posteriormente,
senador. Veterano de la guerra contra Chile (1879-1883) y miembro del Partido Demócrata,
aliado del civilismo, vivió a la sombra del presidente Nicolás de Piérola, a
quien admiraba, temía y aborrecía. Su paso como Alcalde de Lima entre 1909 y
1910 lo dedicó a ganarse simpatías, por ejemplo, persiguiendo a vendedores que
“modificaban” sus balanzas para cobrar sobre-precios, subvencionando la carne y
regalando raciones de alimentos a gente pobre. Obsesionado con llegar al poder,
pisoteó a demócratas, civilistas independientes, liberales y constitucionalistas
para lanzar su candidatura.
Aspíllaga, por su parte, era un rico hacendado
norteño. Propietario de la hacienda Cayaltí, que sus descendientes conservarían
hasta 1969. Había sido diputado, Ministro de Hacienda y Comercio y Alcalde de
Lima. En 1892 fue elegido senador por primera vez y llegaría a presidir el
Senado varias veces. A diferencia de Billinghurst, Aspíllaga pertenecía a la
“oligarquía” y era de ascendencia chilena, que lo “desmerecía” ante el
populacho.
Ambos políticos se parecían, pero Billinghurst marcó
la diferencia: apeló al lenguaje populista (en 1910 había estallado la
Revolución Mexicana, germen del populismo en América Latina) dentro de un
discurso demagógico. Sedujo a las masas prometiéndoles el oro y el moro. Quizá
creyó que era la única forma de vencer los fraudes electorales montados por la
maquinaría civilista. Su promesa más célebre anunciada en la marcha por la
Alameda de los Descalzos: si Aspíllaga subía al poder, un pequeño pan costaría
20 centavos. En cambio, si subía Billinghust, un pan grande costaría 5 centavos.
El pueblo lo proclamó “Pan Grande”, aunque nadie se preguntó cómo demonios
cumpliría esa promesa.
Así es la demagogia. Decir lo que los oídos del pueblo
quieren oír, no la verdad. "Hablar bonito" para recibir aplausos o
ganarse simpatías. Es una tradición inaugurada por Billinghust que ha
continuado variable hasta nuestros días. ¿Recuerdan la promesa del “balón de
gas a 12 nuevos soles” en la campaña electoral de 2011?, ¿alguien pensó cómo se
cumpliría?. Aún no comienza la campaña electoral de 2016, pero ya oímos más
promesas demagógicas: “Internet gratis para todos”, “Reducir las tasas de interés
de las tarjetas de crédito”, “Liberar parte del dinero del Sistema Privado de
Pensiones”, “Acabar con las services”,
etc.
Los políticos demagogos no nos consideran ciudadanos y
ciudadanas sino una masa de votantes, que puede ser manipulada o convencida con
retórica barata. Además, la demagogia sólo crea una fantasía en base a
palabras, como Billinghurst, con quien se cumplió su promesa, pero al revés. Él
no lo aceptó, culpó a sus antecesores (otra mala costumbre), declaró la guerra
a sus opositores y quiso destruir la precaria institucionalidad, pero fue
derrocado por el golpe de estado de 1914.
¡Abajo la demagogia!, ¡abajo los demagogos!.
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